Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








sábado, 8 de febrero de 2014

Arranca otro año…


Primera vez que siento tristeza porque se termina un año. No porque el 2013 haya sido particularmente bueno, sino por las perspectivas que asoman para el 2014: los pronósticos de analistas y de comerciantes, de vecinos y profesores, de extranjeros y nacionales dicen que va a ser peor. Las primeras semanas parecieran confirmarlo dolorosamente, tras el asesinato de la conocida actriz y su esposo. Esta vez fue el caso Spears-Berry, pero todos tenemos conocimiento de otros casos menos célebres y más cercanos: el hermano de la amiga, el motorizado de la empresa, la hija del compañero de trabajo, la amiga de la señora de servicio.

No puede ser que este estado de cosas siga sucediendo sin que nosotros podamos exigirle a los responsables un cambio fundamental, estructural en las cosas. La seguridad de los venezolanos es, sin duda, responsabilidad principal de cada uno de nosotros, pero la política para garantizar la seguridad, para prevenir y combatir el delito, es responsabilidad de los gobernantes, comenzando por el Presidente de la República. Este, teniendo una oportunidad de oro,  lo que hizo fue ratificar en sus cargos a los ejecutivos que son directamente responsables de estas políticas: Ministro del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz, el Sr. Miguel Rodríguez Torres y Ministra del Poder Popular para el Servicio Penitenciario, Sra. Iris Varela. Ese espaldarazo, dadas las circunstancias, es como aplaudir a un médico que está matando al paciente.

Mejorar las condiciones de seguridad ciudadana requiere un esfuerzo colectivo de prevención y de acción del Estado contra los delincuentes. No se trata solo de convocar a una reunión para pescuecear y tomarse una foto. Tiene que haber un consenso y acciones concretas que vayan dirigidas a combatir los delitos, a castigar a los culpables. Los ciudadanos estamos dispuestos a participar (la resolución del caso Berry-Spears lo demostró: gracias a los vecinos la policía pudo identificar rápidamente a los cómplices del asesinato). Pero es indispensable que el Poder ejecutivo, el Legislativo, el Judicial e incluso el Poder Moral se levanten unidos contra el crimen (¿Dónde está la Lic. Gabriela del Mar Ramírez, Defensora del Pueblo? ¿No se supone que entre sus atribuciones está la promoción, vigilancia y defensa de los derechos humanos en el país?). De nada sirve un operativo aislado si al día siguiente o a la semana un juez suelta a los sospechosos (los asesino de la pareja tenía múltiples entradas a la cárcel por diversos delitos y seguían cometiendo fechorías libremente).

Esperemos que estas lamentables muertes no sean un caso más. Ojalá esto pueda servir como punto de inflexión para darle un vuelco al tratamiento de la criminalidad, para acabar con la impunidad y transitar en el camino de tener una mejor Venezuela, al menos en materia de seguridad.


Caracas, 15 de enero de 2014                             @aalvaray

¿Cansados de votar?


Creo que todos hemos perdido la cuenta de cuántas elecciones hemos hecho en los últimos quince años. Lo peor es que en la medida en que hay más elecciones, pareciera que banalizamos el valor del voto, que pensamos que da igual votar o no, porque o ganan o hacen trampa, dicen algunos por ahí. Otros critican a los opositores, que no han sabido hacer esto y aquello, que los otros lo hacen mejor, y un largo etcétera.

Nos hemos fabricado una excusa perfecta para desmovilizarnos, para no ejercer el voto. Seguimos como si no estuviera pasando nada, aislados más que nunca, quejándonos en el supermercado por los precios y la escasez, haciendo cola para comprar la nevera barata o en el arbolito que vamos a poner en navidad, o en el viaje a Miami que ya me compré y qué me importan estas elecciones si de todas maneras hacen trampa.

A veces me parece que nosotros no queremos ganar, sino que alguien gane por nosotros, mientras seguimos viendo el país por televisión, o peor aún, ahora sin televisión y casi sin prensa, solo cadenas diarias en la mañana y en la noche. ¿Sabía usted, señor lector, que mientras nosotros nos recostamos en el sofá con dolor de cabeza o con el estómago en un puño, los del gobierno están moviendose a lo largo y ancho del país para organizar la votación de sus adeptos? Pregúntese usted qué está haciendo para colaborar. Para lograr democracia es necesario ejercer la ciudadanía. No es que seamos perfectos, pero ya está bueno de criticar para desmovilizar, hay que salir y protestar para cambiar las cosas, hay que arreglar lo malo, hay que meter el hombro y seguir.

Si hacemos un recuento de las elecciones anteriores, podemos ver que hemos crecido como oposición, no solo en número sino en diversidad, tanto social como geográfica. Hemos conseguido animar un voto joven que es muy importante. Crecer en estas circunstancias, donde el miedo a perder el trabajo está en cada esquina, donde las amenazas a la integridad física de los opositores son una realidad diaria, donde la oposición tiene cada vez menos espacios en los medios de comunicación y muy pocos recursos económicos, ha sido un triunfo importantísimo, es la certeza de que en Venezuela todavía hay gente que cree en el país y en un futuro mejor.

Yo sí estoy cansada de que la gente se queje de la oposición sin salir a votar…¿acaso este gobierno se merece que le regalemos los espacios que nos ha costado quince años defender? Es como comprar una casa a plazos y dejar de pagarla el último año, para que el banco venga y se la quite, ¿usted haría eso con su casa, con su carro? ¿Por qué lo va a hacer con su municipio o con su país? La cosa es muy sencilla. Despertarse el domingo, bañarse, vestirse, desayunar y salir a votar. Y luego en la tarde unirse a sus vecinos, o a su organización ciudadana y salir a defender los votos. Así de fácil.


Caracas, 5 de diciembre de 2013                         @aalvaray

viernes, 22 de noviembre de 2013

El reino de Scar

No hay manera de sacudirse la sensación de que el país se ha embarcado en un rumbo diferente. Al verse tambaleante, con todas las encuestas en su contra, el gobierno decidió pisar el acelerador y atacar, destruyendo lo que apenas quedaba en pie.

En una misma semana le arrebataron la inmunidad a una diputada para poner en su lugar un partidario del gobierno y disimular la mayoría que no tienen, con el fin de aprobar la famosa Ley Habilitante; decidieron que la culpa de la inflación y de la escasez no son las políticas económicas, ni la corrupción rampante en todas las instituciones, sino que son los comerciantes. Ordenaron intervenir las tiendas para vaciar los anaqueles y permitir que la gente se llevara su “regalito” navideño a precios que nunca volverán.

Es difícil describir lo que sucede en el país en este momento, mucho menos entenderlo, analizarlo, sacar alguna conclusión o plantearse estrategias que tengan algo de sustento. Estamos viviendo una intensidad tal en lo que ocurre, una exageración en lo que se dice y se hace, un no-puede-ser constante, que uno cree que ya ha llegado al límite y en la esquina siguiente se quiebra otra frontera, se rebasa otro tope, se viola otra norma, otra ley.
 
Lo único que se me viene a la cabeza para describir la realidad son imágenes de dibujos animados, quizá porque en los comics los artistas exageran las emociones y los sucesos, porque reducen la sociedad a dos bandos, los superhéroes y los malhechores. Así que estamos como en el reino de Scar, el malo de El Rey León, quien se apropió del cargo a la muerte del rey, nombró a las hienas de ministros y acabó con las estructuras de la sociedad, quemó la selva, arruinó la economía y terminó culpando a los súbditos que se oponían a semejante desastre.

En el reino de Scar las primeras que se opusieron fueron las leonas, que ante la escasez de comida y la falta de soluciones se negaron a seguir haciéndole el juego a las hienas corruptas y a un rey ilegítimo. Sacaron fuerzas y se plantaron a defender un reino que sabían que podía ser mucho mejor.

Nos toca a los ciudadanos plantarnos y protestar: protestar por la escasez y la inseguridad, por la creciente censura a los medios de comunicación, por la violencia contra los que pensamos diferente, por los abusos de poder que se siguen consumando no solo desde el Ejecutivo, sino también desde la Asamblea Nacional y desde el Poder Judicial. Es necesario dar la cara como ciudadanos amantes del orden y de la paz, pero sobre todo, es necesario salir a votar el 8 de diciembre, como forma de demostrar una vez más, que a pesar de todos los abusos, somos y seguimos siendo mayoría.

22 de noviembre de 2013

viernes, 18 de octubre de 2013

Muertos con nombre y apellido

Una cosa es leer la prensa el lunes y enterarse de cuantos muertos hubo este fin de semana (aunque ahora no publican las estadísticas, pues son los números los que generan la violencia), y otra muy distinta es llegar a la oficina y enterarse de que la noche anterior mataron al motorizado de la empresa en su casa, frente a su esposa.

¿Qué pasa en este país, a quién se le ocurre entrar a asaltar una casa en La Pastora, pobre robando a pobre? ¿Qué le podían quitar, si ya ni moto tenía?  Las primeras reacciones inconscientes son las de siempre: buscar alguna razón por la que lo mataron. Algo habrá hecho, se dice uno a sí mismo, tratando de explicar lo inexplicable. Porque en el orden de la vida, ese orden que aprendimos de nuestros padres y de nuestros abuelos, las cosas sucedían por algo. A fulano lo pusieron preso porque mató a un individuo, independientemente si tuvo razón o no, eso solo atenuaba la sentencia o matizaba la culpa, pero el hecho en sí estaba ahí.

Pero las cosas ya no funcionan así. Hoy en día los malandros no tienen paz con la miseria, como diría mi bisabuela. Matar es cómo jugar un video-juego: no importan razones, los que matan están como anestesiados, como si no sintieran ni el ruido de las balas, ni el grito de la víctima, o el de los que la rodean. Es más fácil salir a robar un domingo en la noche que buscar trabajo el lunes en la mañana, sobre todo si lo que prevalece es una total impunidad.

Sobre mi escritorio todavía está una figurita de esas que se entregan como recuerdo en una fiesta: una novia sujeta sus flores, mirando tiesa y arrobadoramente a un apuesto novio en traje de etiqueta. La tarjetica en forma de corazón decía algo así como “María y yo nos casamos el once de febrero, regalos en dinero bienvenidos”. No era su primer matrimonio, tenía un hijo ya grande, pero se le veía feliz, diferente. No era el tipo amargado de años anteriores, cuando militaba en la revolución bonita e iba todos los días a coger línea a la casa del líder de la cuadra, para llegar a la oficina con cara de guerra.

Una vez nos contó la verdadera historia del terremoto de Japón: en medio de la consternación internacional por el tsunami y el terremoto, por el crack de la planta de Fukushima, se le ocurrió decirnos que eso había pasado por obra de los Estados Unidos.

–Sra. Angélica, esa es la purita verdad, los Estados Unidos tienen un laboratorio y hacen que eso ocurra.
–¿Quién te dijo eso?
–Un compañero del partido.
–Pero si fuese así, ¿por qué lo van a hacer contra Japón, que es su aliado? ¿Por qué no lo hacen contra Cuba, o contra China?
–Para no levantar sospechas, estaban probando la cosa…

Él realmente creía esas explicaciones, como creyó en lo bien que iban a estar cuando derrotaran a la burguesía, como creyó con fe inamovible en su presidente, que era “el único que quería a los pobres”.

Pero murió el comandante y las cosas comenzaron a desinflarse: las explicaciones tomaron el color oscuro de la realidad, de la violencia, de la inflación y de la escasez; darse cuenta de que los malos no son tan malos y los buenos no son tan buenos quizá fue su último pecado. A lo mejor tuvo una discusión con algún matón del barrio, alguna desavenencia, quizá perdió la protección de alguien, y cuando entraron en su casa a asaltarlo no pudo creer que eso le estuviera pasando a él, se paró del sofá donde veía la televisión abrazado a su nueva esposa y fue a la cocina a reclamar. La esposa alcanzó a oír el disparo y los gritos de los malandros que salieron corriendo. Quizá ella los reconoció, pero prefiere decir que no vio nada, pues tiene que seguir viviendo en esa calle, entre esos mismos tipos.

Hoy, uno de esos muertos de fin de semana se dibuja en un nombre y una cara conocida, que saludaba con respeto, con cariño. Me pregunto una vez más dónde quedó esa ciudad, ese país que llevo en el corazón y que no encuentro en ninguna parte…


@aalvaray

17 de octubre de 2013

martes, 1 de octubre de 2013

Caída en barrena

La situación que estamos viviendo en Venezuela es sin lugar a dudas muy grave. El sistema productivo está paralizado, la inflación desatada y el desabastecimiento no cede. Hay una sensación de caos, de estar ya traspasando otros límites, más allá de la falta de gobierno, de la corrupción, de la ineptitud. Varias personas señalan, no sin razón, que la situación es tan crítica que se parece a los días antes del caracazo, cuando el desabastecimiento y la falta de respuestas del gobierno desembocó en un estallido social, del cual solo cosechamos los muertos y el miedo a subir la gasolina, pues los políticos piensan que esa fue la causa y no el síntoma de un desarreglo mucho más profundo en la sociedad, que abarcaba a los transportistas en su afán por cobrar más allá de lo adecuado, a los empresarios acaparadores de la época y al gobierno que aupaba las marramucias de funcionarios corruptos, que se hacían con dólares de Recadi para venderlos en el mercado negro a diez veces su precio, sin importar si eso causaba desabastecimiento e inflación.
 
Ese cuadro, pintado así, se parece por supuesto
a lo que estamos viviendo, con la diferencia que hoy el empresario mayor es el Estado, es el dueño de las industrias, el que tiene los dólares para importar, el que controla toda la red de distribución de los alimentos –tanto la estatal como la privada–, es el Estado es el que controla puertos y aeropuertos –a través de una empresa mixta con el gobierno cubano–, puertos y aeropuertos por donde sale droga y entra mercancía vencida, comprada con dólares Cadivi para ser distribuida luego en esa red de alimentos y artículos de primera necesidad.

Lo más grave es la actitud enfermiza del gobierno, que pretende tapar lo que sucede con su doble discurso. Por una parte quiere controlar el mensaje: lo importante es que tenemos patria, lo que falta es mejorar algunos “detalles”. Trata de levantar su imagen ante el “pueblo”, reconociendo parcialmente que los problemas existen, están ahí. Pero la realidad es más terca que las intenciones. Apenas comienzan a tratar de cambiar el rumbo del Titanic, el innombrable se dispara, la escasez se acentúa, ocurre uno de los apagones más grandes de la historia, y continúan las protestas a nivel nacional: en las cárceles, en las industrias, los profesores universitarios, los médicos, los maestros, los obreros de Sidor, hasta los motorizados.

Entonces aparece la otra cara del gobierno: la represión. Bajo esta cara temible y oscura el gobierno viene haciendo lo posible para tomar mayor control de todos los aspectos que siente sueltos dentro de esta “democracia”: Asfixia a universidades y centros educativos; amordaza a los medios de comunicación –a través de compras efectuadas por testaferros opacos, cuyo capital es de dudosa procedencia, de cadenas contínuas y con el ya anunciado “Noticiero de la Verdad”, que será de obligatoria transmisión en horario estelar por todos los canales–; mantiene amenazas de expropiación a empresas, sean estas de alimentos, clínicas privadas, supermercados o colegios y continúa la estrategia de criminalización de la oposición. Como hecho reciente la semana pasada el CICPC encerró e interrogó durante horas a los expertos en el sector eléctrico, por el pecado de haber opinado sobre las causas del apagón que hubo hace unas semanas, acusándolos de saber “demasiado”, pues la tesis del gobierno es que hubo sabotaje.

Ni el discurso de eficiencia ni la represión han funcionado para volver a echar a andar la economía, el aparato productivo no se arranca como quien empuja un carro para que prenda: la persona que está al volante tiene que saber manejar, y aquí parece que no solamente no saben sino que a nadie le interesa. Se trata de seguir dándole palos a la piñata, exprimir un poco más el fondo chino para pasar el rubicón de las elecciones de diciembre y después será salvese quien pueda.

Este gobierno hizo aguas hace rato y el país cae en barrena. La única forma democrática de cambiar el rumbo es lograr una mayor organización en las fuerzas de oposición para asistir en masa a las elecciones de diciembre. No podemos dejarnos amedrentar, no debemos dejar de opinar. Cualquier otra salida puede ser lamentable.

29 de septiembre de 2013

martes, 17 de septiembre de 2013

11 de septiembre


Cuarenta años es mucho tiempo. En una sociedad abarca dos o tres generaciones, los jóvenes de entonces son hoy abuelos, sus nietos quizá tengan la misma edad que tenían ellos; para un individuo es la juventud, la fuerza, las ganas de cambiar al mundo…

Cuarenta años es mucho tiempo en la vida de cualquier persona, incluso en la de mi abuela María Teresa, que vivió noventa y cuatro. Hace cuarenta años la conseguí llorando en la cocina, mientras veía las imágenes de la destrucción del palacio de La Moneda, que reproducía el periódico en primera plana. Quiso que le leyera todo el reportaje, buscó en los noticieros hasta conseguir repeticiones de los pocos minutos que se transmitieron, volvió a llamar a mis padres, que estaban de viaje, para cerciorarse que vendrían la mañana siguiente con noticias frescas, pues en París había mucha gente que se comunicaba con los chilenos, que contaban las historias de lo que estaba ocurriendo, ¡cómo es posible que los militares hayan hecho esto!, se lamentaba.

Le Monde: 40 años del 11 de septiembre
A instancias de ella guardé todos los recortes de prensa –los de The Times, los del Guardian y de Le Monde, más los que ella reunió de la prensa venezolana–como recuerdo de un hecho gravísimo, que no podíamos olvidar: los muertos, las traiciones, la pérdida del socialismo en democracia. Años después, en la universidad, me regalaron un cassette con la grabación del último discurso de Allende, el cual guardé como un gran tesoro, pues ya entonces tenía veinte años y podía entender la gravedad de lo sucedido, porque ya entonces veíamos en la cinemateca, cada vez que las pasaban, Mourir A Madrid y Roma Città Aperta, porque ya entonces buscábamos respuestas a tantas desigualdades, a tanta injusticia.

En cuarenta años conocí muchos chilenos que llegaron a Venezuela abrigados por nuestra política de asilo, de bienvenida. Chilenos de izquierda y de derecha, demócrata-cristianos y socialistas, todos consiguieron refugio en nuestras tierras; unos querían trabajo y una buena empanada para comer el sábado, otros no cesaban de hablar de política o de su país, discutían hasta comenzar peleas en las fiestas, pues unos preferían decir que no había tortura, que el golpe no había sucedido, que todo había sido un montaje mediático, mientras otros mostraban sus heridas abiertas, o se encerraban en sí mismos para tratar de olvidar la prisión y la violencia, el exilio sin retorno posible, la incertidumbre de llegar a un país desconocido y comenzar de nuevo, salir adelante.

Pero tal parece que la violencia no se olvida.

Hoy vemos a Chile, veinticinco años después del plebiscito que le arrebatara el poder a Pinochet, dividido ante el recuerdo de ese 11 de septiembre de 1973. Curiosamente esta división la representan las dos candidatas a la presidencia, hijas ambas de generales amigos: uno que se mantuvo leal al presidente Allende y otro que participó en el golpe. Ambas construyen futuro, pero cargan todavía con el pasado reciente, que duele. Sin embargo, a pesar de esta división en el presente, es necesario reconocer que Chile ha transitado por el camino de la concertación con el afán de fortalecer sus instituciones y limpiar su pasado, para así poder consolidar su democracia. En este proceso se formó la Comisión Nacional de la Verdad y Reconciliación, también se publicaron los resultados del Informe de la Comisión sobre Prisión Política y Tortura, donde se dieron a conocer miles de testimonios que han servido para comenzar a mover, poco a poco, los juicios contra los responsables de las violaciones a los derechos humanos; es así como, con mucho dolor, aprendimos que Salvador Allende se quitó la vida ese día terrible allá en La Moneda.

Me pregunto cuánto tiempo más necesita un país para sanar sus heridas y mantener un camino de paz y desarrollo. Me pregunto cuándo emprenderemos nosotros los venezolanos la senda de la reconciliación, si todavía nos desconocemos los unos a los otros, si los que están en el poder prefieren hundir al país antes de ir al diálogo, prefieren sacar al país de las instituciones internacionales que velan por el cumplimiento de los derechos humanos, en vez de revisar la situación en las cárceles, o la imparcialidad de los juicios, o el cumplimiento de la constitución.

Busco en mis recuerdos el sobre manila con los recortes de periódico de mi abuela y el cassete ya inservible, que afortunadamente puedo sustituir con algún link en youtube, para volver a escuchar esas palabras eternas, llenas de esperanza:

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. (Salvador Allende, 11 de septiembre, 1973).


12 de septiembre de 2013

@aalvaray

sábado, 17 de agosto de 2013

Nos hundimos en el excremento del diablo


El petróleo, así como muchas de las materias primas básicas, puede ser el origen de la pobreza. No por sus características intrínsecas, sino por las consecuencias que trae para las sociedades la (mala) administración de estas riquezas. El concepto original lo planteó en Venezuela Juan Pablo Pérez Alfonzo, quien fuera el ejecutor de la política petrolera venezolana y líder fundador de la OPEP, quien salió decepcionado del manejo que los países daban a la riqueza petrolera y auguró que el petróleo traería la ruina, que se trataba de una suerte de peste, del excremento del diablo.


Lejos estaba Juan Pablo Pérez Alfonso de imaginar la degradación de nuestra sociedad, hoy inundada por el oro negro. Para él, se trataba de un problema económico, político, el tener una riqueza como el petróleo podría transformarse en dinero fácil, fuente de corruptelas de los gobernantes de turno. Imposible visualizar que la sociedad se convertiría en una gran cloaca, y que ese excremento nos cubriría de vergüenza y desazón.
 
El discurso de Pedro Carreño, quien no merece el tratamiento de señor, mucho menos diputado, es una muestra extrema del grado de podredumbre que aflora en forma cada vez más visible en toda la sociedad, pero especialmente en la Asamblea Nacional. Ese foro, otrora símbolo de la democracia, de la capacidad que teníamos como ciudadanos para discutir los cambios, denunciar las corrupción, hablarle al país y a nosotros mismos sobre el presente y el futuro de la nación, se ha transformado en una plataforma para violar la constitución y para vejar a todo aquel que no esté de acuerdo.

Hemos visto golpes físicos, insultos, apropiación de poderes, violación a las normas, anulación de poderes, silbidos, gritos y aplanadoras, pero lo de esta semana es de una bajeza indescriptible. El martes 13 de agosto, el discurso de Carreño rebasó cualquier límite. Nos quedamos sin palabras, sin un calificativo apropiado para describir el nivel de vulgaridad, lo soez, lo ordinario, lo vergonzoso.

Escribo esta nota porque no puedo callar ante semejante barbaridad. Porque no quiero hundirme en este excremento, que ya no es el petróleo sino sus secuelas: la sed de dinero y de poder que ha dejado, que nos arruina como país física y moralmente, que nos desgarra por dentro.

Estoy segura que muchos venezolanos como yo, aborrecen lo que ha sucedido. Espero que, vengan de donde vengan, alcemos nuestras voces para reconstruir un espacio de deliberación que se parezca más a lo que nos merecemos como pueblo. Que podamos recuperar la capacidad de discutir ideas y proyectos de vida en común. Que recordemos que el respeto es la primera norma de convivencia en las sociedades civilizadas.

Caracas, 15 de julio de 2013