Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








jueves, 5 de agosto de 2010

Las claves de Mandela

“No hay que apelar a su razón, sino a sus corazones”
Nelson Mandela


Nos movemos en un mundo diferente, cuyas claves todavía no logramos entender. La gerencia del siglo XXI, sobre todo en Venezuela, es un arte que está por descubrirse. Es la toma de micro-decisiones, pues las grandes decisiones que se tomaban, esas de largo plazo y con un plan estratégico por delante, parecen cosa de un pasado lejano e inaccesible.

Esta sociedad, rasgada por contradicciones en la forma de dirigirse hacia un desarrollo sostenible, ha ido dejando empresas al costado del camino, perdiendo empleos, capacidad productiva y conocimiento técnico necesario para generar el bienestar social que todos queremos. Inmersos en una avalancha de medidas, la empresa privada ha perdido terreno a lo largo de estos años, sufriendo expropiaciones, compras, cierres, nacionalizaciones.

Al principio, los trabajadores de las empresas intervenidas aplaudían las medidas, seguros de que, una vez en sus manos, las cosas cambiarían y eso conllevaría a un mejor ingreso, mejores perspectivas para ellos como personas y para su familia. Sin embargo, un estudio reciente de una encuestadora local ha descubierto que la opinión del venezolano sobre las empresas privadas está cambiando. El continuo ataque a la propiedad privada, sin normas ni leyes que protejan lo que legalmente ha sido ganado por sus propietarios, ha generado sentimientos encontrados en la gente que antes apoyaba totalmente las expropiaciones y nacionalizaciones.

En el fondo, los venezolanos valoramos el trabajo y el empleo como forma de generar ingresos para mejorar la calidad de vida. Todos tenemos historias de familiares que lograron salir de abajo, tener su propia casa, su empresa, su negocio. La clave esta en cómo hacer de eso un valor social, compartido. ¿Cómo dejar atrás rencillas que no nos pertenecen y trabajar por el bien colectivo desde un modelo más liberal?

El libro de John Carlin, El Factor Humano, sobre el cual se basa la película Invictus, nos presenta una perspectiva diferente sobre el rol del liderazgo y el trabajo en equipo, que vale la pena comentar.

Mandela, líder sin discusión de un proceso que tenía todos los visos de derivar en la peor violencia que existe ─la guerra civil─, tiene un sueño, una visión muy clara para su país: “…que la gente sea juzgada por su carácter y no por el color de su piel”, o, como lo expresa más adelante, quiere “acabar con el apartheid por medios pacíficos”.

Vemos aquí a un líder que es capaz de definir un objetivo cuya consecución parece imposible: la salida negociada. Y a su vez define una estrategia arriesgada, basada en poder convencer a sus opositores de que había que cambiar el apartheid, para que ellos mismos lo cambiaran: “El enemigo tenía todas las armas, la fuerza aérea, la logística, el dinero… la única forma de vencer al tigre era domesticarlo.”

Para ello, lo primero que se propone es conocer al contrincante. Esto quiere decir conocerlo a profundidad, sus historias, su lengua, sus costumbres. Sus fortalezas y sus miedos, qué lo emociona y qué lo motiva. Esto le permite establecer una relación emocional, de confianza, con cada uno de las personas que ejercen roles dentro del sistema, para luego convencerlos de que a todos les conviene la salida negociada del sistema de apartheid, y que en la nueva sociedad todos estarán incluidos.

Después, sin perder la visión de conjunto, busca los interlocutores más adecuados para ir avanzando en el proceso de negociación. En este sentido, Mandela entendía que la violencia que había desencadenado el gobierno contra la población negra era un signo de debilidad y desesperación crecientes y que la solución negociada era una fórmula que parecía muy sencilla: la conciliación de los miedos blancos con las aspiraciones negras. Para ello comunica en forma clara, utilizando el lenguaje del otro en muchos casos, entendiendo dónde están las áreas comunes y dónde las discrepancias.

Finalmente genera opciones de cambio en un marco de respeto, tanto a las instituciones como a lo que cada quién representa como ciudadano dentro del conjunto. Apela a la gente común y corriente. Esa gente normal de cualquier país que se encuentre entre la guerra y la paz, que pone la seguridad y la prosperidad por delante de la ideología. Y los motiva a creer en un cambio posible.

Quizá estas claves puedan ayudarnos a pensar en caminos diferentes para nuestras empresas magulladas del siglo XXI. Conocer cuáles son nuestros miedos, saber quiénes son los que trabajan con nosotros, cuál es su historia, cuales sus motivaciones personales. Definir con ellos un sueño compartido. Hacer todo esto en un marco de respeto. Y sobre todo, buscar la negociación incluso en momentos donde todo parece más difícil.

Caracas, 31 de julio de 2010

viernes, 30 de julio de 2010

Transformar la desesperanza aprendida

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir al acto que, en pro de la Unidad Nacional, se realizó en el hotel Ávila en Caracas. Los diversos actores enfatizaron que estamos por primera vez ante un punto de inflexión, donde la oposición unida pudiera ganar las elecciones del próximo 26S. Todas las encuestas, incluyendo aquellas que tradicionalmente han apoyado el gobierno, dan resultados similares: el chavismo, por primera vez en once años, es una minoría a nivel nacional. De ahí a que eso se traduzca en votos duros, para que la oposición gane la mayoría de la Asamblea Nacional, falta todavía un trecho difícil de transitar.

Mientras escribo esto se me hace difícil creerlo y mucho más ponerlo en blanco y negro, quizá por la costumbre de pensar que podemos ganar, para luego caer en la realidad de que, aunque hemos ido avanzando, todavía somos minoría en el país. Quizá también por uno de los conceptos que Teodoro señaló en su discurso, que me llamó mucho la atención: la desesperanza aprendida.

Este es un concepto relativamente moderno, asociado a una nueva tendencia psicológica llamada Psicología Positiva, desarrollada por Martín Seligman, de la Universidad de Pensilvania en Estados Unidos. La desesperanza aprendida es la pérdida de motivación, de la esperanza de alcanzar los sueños, es la renuncia a toda posibilidad de que las cosas salgan bien, se resuelvan o mejoren. Es un estado al que arribamos cuando algún factor externo, que detenta poder sobre nosotros, nos induce a pensar que, hagamos lo que hagamos, nunca podremos alcanzar nuestras metas, no podremos controlar nuestro destino, que ese ente externo tiene poder absoluto, irrevocable y permanente.

Nuestro presidente, en sus múltiples apariciones por cadenas nacionales ─aparte de asfixiarnos con su abusiva e ilegal campaña anticipada, tratando de rescatar sus votos perdidos─, lo que quiere lograr es amedrentar y apabullar a la gente que no está de acuerdo con su forma de gobierno. La idea es que este sector de la población pierda la capacidad de movilización, de resistencia. En dos platos, que no podamos vernos a nosotros mismos como una opción de triunfo, con probabilidades altas de éxito en lograr el cambio que queremos como país.

Al conversar con personas de diversos sectores, quienes tradicionalmente han sido luchadores y optimistas, creyentes en la posibilidad de un cambio, he encontrado que efectivamente pareciera rodearnos un aura de pesimismo más allá de lo racional, explicable quizá por este fenómeno de la desesperanza aprendida. El abuso constante de las leyes, la impunidad de la delincuencia, la indiferencia ante la aberración que significa la pérdida de miles de toneladas de alimentos, el estado de deterioro de la infraestructura en todo el país, ha hecho que la gente se haya arrinconado, bajado los brazos sin hacer sentir su protesta necesaria.

Entendiendo este fenómeno, concientes de esta situación, tenemos que reorganizarnos y ocupar nuestros espacios. Espacios que nos pertenecen a todos. Espacios de optimismo y de fe en el futuro, desde donde podamos definir proyectos concretos, que ayuden a cambiar el rumbo de nuestro país.

En este sentido, tenemos un ejemplo que aplaudir: el esfuerzo incansable de Antonio Ledezma frente a la Alcaldía Metropolitana. La pasada “Semana de Caracas” Ledezma, junto con otros alcaldes de Caracas y con su equipo de trabajo, presentó a la ciudad por primera vez en casi veinte años, un plan estratégico de largo plazo: Caracas 2020. Un proyecto que fue elaborado con la concurrencia de muchos de los profesionales y técnicos venezolanos que todavía están en el país. Un logro que ahora tenemos que defender y hacer realidad, cada quién desde su área de acción. Esta y otras iniciativas son las que verdaderamente nos van a ayudar a cambiar el país.

Porque no se trata solo de sentarse a esperar las elecciones y decir que participo porque salí a votar. Se trata de revisar qué es lo que estoy haciendo en el medio donde me desenvuelvo para apoyar el cambio, para buscar la construcción de la sociedad que quiero para mis hijos, para mis nietos. Y al participar en un proyecto, en alguna iniciativa por pequeña que sea, estaremos dejando atrás la desesperanza, transformándola en una posibilidad de éxito. Estaremos aprendiendo a reevaluar la situación en busca de ángulos positivos desde donde podamos actuar, estaremos llenándonos de fuerza para salir adelante a representar una alternativa nueva. El camino es difícil, con muchos obstáculos, pero es un camino que inexorablemente habrá que transitar.

Caracas, 28 de julio de 2010

lunes, 19 de julio de 2010

Desconcierto

Se despeja la niebla del mundial de fútbol y saltan a la cara los problemas del país, uno a uno. Todos los días, como una suerte de rutina macabra o tan solo desgastante, conseguimos huellas del desmoronamiento general. Abres el grifo del agua en la mañana y sale amarilla, a veces hasta maloliente. Al principio piensas si será mi apartamento, algún problema con las tuberías, será la lluvia que revolvió todo, hablas con el vecino, con la conserje y te das cuenta de que es un problema común, que pasa cada vez con más frecuencia. A veces hay agua, a veces se va, a veces llega con la calidad inadecuada.

Vas al mercado y ni se diga, no solo observas la escasez de algunos rubros sino la inflación increíble que han tenido en los últimos meses. Se decretó el fin de la crisis eléctrica pero los apagones siguen, sobre todo en el interior del país, como para que no se note.

Abres el periódico y ves, casi sin poder dar crédito a lo que estás leyendo, las noticias de PDVAL. Esas miles de toneladas de alimentos podridos, perdidos por la desidia, la corrupción y la ambición desmedida de funcionarios irresponsables. Todavía se siguen consiguiendo depósitos con leche, avena, carne, toneladas abandonadas en galpones, como cargamentos envenenados. Ves además por televisión la terrible indolencia de la Asamblea Nacional, que se niega a abrir una investigación sobre los hechos.

Dejas la televisión prendida, a un lado, solo para escuchar las cadenas diarias e interminables del presidente, que abre fuego contra la iglesia, contra los empresarios, contra las universidades, contra los países vecinos, vomitando como la muñeca de El Exorcista su lava de insultos y mentiras, para tratar de tapar con esa podredumbre lo que ya no le es posible ocultar.

Para colmo, como si estuviéramos en un gran teatro, ahora se ha dedicado a desenterrar muertos. Primero, la extradición de los “restos simbólicos” de Manuelita Sáenz, acompañados por una serie de actos donde le dan el título de Generala del Ejercito Bolivariano y varias condecoraciones postmortem. Una semana después, la exhumación de los restos de Bolívar, que me negué a ver en vivo y que tuve que hacerlo después en las repeticiones, pues no podía creer lo que me contaban.

Sin contar, por supuesto, la violencia. Que sigue cobrando vidas todos los días. Hace una semana más o menos, salió la noticia de una niña que rescataron, a quien los plagiarios cercenaron el meñique para dárselo a la familia como fe de vida. ¿Qué vida tendrá, me pregunto, esa niña de siete años, cada vez que se mire la mano y se pregunte qué estaba pasando en su país para llegar a esto?

Busco desconcertada, casi en vano, algo bueno de donde asirme, aparte de estar en familia, con los amigos. Consigo en un resquicio, de muy bajo perfil, el trabajo que están haciendo los candidatos a la Asamblea Nacional, cada uno en su circunscripción. Trabajo político auténtico, sin tanta alharaca, sin el show mediático del gobierno, señalando los problemas y concentrándose en las soluciones posibles.

Y disfruto durante una brevísima noche la suerte que tuve de conseguir una entrada para ver el excelente trabajo de la Orquesta Sinfónica Juvenil. Esta vez, bajo la batuta de Simon Rattle, tocaron como conjurando todos los males, devolviéndonos la fe en lo posible, haciendo de la música un hechizo de optimismo, trazando un oasis en un país que se nos cae a pedazos.

Caracas, 19 de julio de 2010

miércoles, 16 de junio de 2010

El Decano de los estudiantes

Para el profesor Rafael Martín



Hace unos pocos días me llegó la noticia de la muerte del profesor Rafael Martín. Cubano de nacimiento, se había refugiado en Venezuela desde hacía muchos años, dando clases en la Escuela de Ingeniería Química de la Universidad Central. El profe Martín, como le decíamos todos, conocía la diferencia entre enseñar y regurgitar conocimientos. Lo que es más, se dedicó a la extraña tarea de enseñar a pensar.

No todo el mundo quería tenerlo como profesor. Todo lo contrario, era “muy exigente”, sus problemas no tenían tabules, no estaban en ningún libro. La primera vez que estudié con él fue una electiva, Procesos Industriales, que tenía que ver con la ingeniería industrial. Recuerdo que al principio estaba tirando flechas, no sabía cómo entrarle a la materia. Hasta que decidí cambiar el foco. ¿Qué es lo que me está preguntando este señor? ¿Sobre qué es lo que él pretende que yo reflexione? Descubrí que no se trataba de repetir lo que estaba en los libros, sino de crear soluciones, de enfrentar un problema desconocido con las herramientas que tenía, pero aplicándolas a mi manera. Se trataba de aprender a poner a un lado el conocimiento y observar el problema desde todos los ángulos, con curiosidad científica, casi con la curiosidad de un niño.

Porque así era él, un niño grandote, un viejo grandullón que le encantaba ponernos retos y reírse cuando nos veía dando tumbos, para luego mostrarnos dónde nosotros mismos nos estábamos poniendo los obstáculos. O se enorgullecía cuando no solo resolvíamos el problema, sino que le traíamos varias soluciones posibles, o nuevos retos.

La pasión por aprender, la ética del ejercicio, la excelencia profesional son los valores que me vienen a la mente cuando lo recuerdo. Y el ejemplo como forma de aprendizaje. Porque su carrera profesional la ejerció desde su postura de vida, lo que le costó quizá posiciones relevantes en la industria y en la academia, pero le dio la tranquilidad de la coherencia y el título de “Decano de los estudiantes”, que valoró por encima de otros.

Seguramente estuvo preocupado por lo que ha estado ocurriendo en el país durante estos últimos años. Se le parecía demasiado a su propio país. Pero seguramente también estaba orgulloso de que nosotros, los ingenieros químicos que fuimos sus alumnos, somos reconocidos como profesionales de excelencia internacional en las mejores empresas del mundo. Y por aquello de los círculos de la vida, muchos estamos sembrando en otros países, copiando su modelo.

El profesor Rafael Martín fue para mí un profesor de los que marcan la carrera, de los que uno nunca olvida a lo largo del ejercicio profesional. De los que tienen un lugar permanente en mi maleta de recuerdos.

Madrid, 15 de junio de 2010

lunes, 31 de mayo de 2010

Un sueño posible

Llego al andén a veinte minutos para las ocho de la mañana. El tren está listo, esperando por los pasajeros que siguen un procedimiento expedito de chequeo de pasajes y equipaje, en una fila que avanza sin problemas. En cinco minutos he pasado el control de seguridad y una persona me indica amablemente cuál es el vagón 19, que me fue asignado el día anterior al comprar el ticket por Internet. Consigo sin problema el asiento, coloco mi maleta en la parte de arriba y me siento en un sillón que resulta mucho más confortable que los asientos de avión, pues el espacio que hay entre una fila y otra permite estirar las piernas de forma cómoda. Hay unas muchachas en la fila de adelante, y una pareja de señores ya mayores a mi lado, conversando. Todo se ve limpio, como nuevo.

A la hora en punto suenan las alarmas, el tren cierra todas las puertas y se prepara para salir, tal como lo indicaba la propaganda de la pagina web: “Puntualidad, comodidad y mejor precio, Red Nacional de Ferrocarriles Españoles RENFE es su alternativa”. En ese momento sentí envidia. Sí, envidia. Porque esto no lo estaba soñando, sino palpando la realidad posible. En unos pocos años, España ha pasado de ser un país del tercer mundo a contar con una infraestructura de las mejores del primer mundo.

Hay, por supuesto, muchos factores que han influido en las posibilidades ciertas que ha tenido España para lograr estos resultados: su inserción en la Unión Europea, los préstamos que obtuvo justamente para modernizar no solo el sector ferroviario sino todos los sectores de la sociedad, el interés de inversionistas privados en acompañar este desarrollo.

Sin embargo, teniendo las mismas oportunidades, o similares, hay sociedades que logran resultados y otras pierden literalmente el tren. ¿Qué es lo que nos hace avanzar en una dirección determinada? ¿Cuáles son los factores que nos permiten aprovechar los recursos e ir mejorando paulatinamente la calidad de vida de los ciudadanos? No podemos decir que España es un país esencialmente diferente a los nuestros. Todo lo contrario, venimos de ahí, de esta cultura, cultura donde ha existido ─y todavía existe─ también la ineficiencia y las corruptelas, donde en este momento de crisis, el gobierno está dando bandazos para lograr definir un camino de salida.

Lo que no podemos dejar de ver es que, en estos cinco lustros, ha habido un avance muy significativo en la construcción de una infraestructura de servicio a los ciudadanos. Hay hospitales públicos de primera, escuelas y universidades que se cuentan entre las mejores de Europa, una red vial de autopistas y carreteras que, junto con la red ferroviaria, cubren todo el territorio. Cada sector tiene en común que ha ejecutado cabalmente un plan que se trazó cuando se recibieron los primeros fondos europeos, y que se ha ido reformulando y modernizando.

En el caso de la red ferroviaria podemos observar como la RENFE, siendo una empresa pública, ha ido modernizando su estilo de gerencia, pasando del clásico modelo de reducir gastos y aumentar la productividad, al saneamiento de la empresa, la identificación de los tramos “altamente deficitarios” y la negociación con las alcaldías correspondientes para mantener el servicio o, en el peor de los casos, cerrar la vía y dar paso a una forma de transporte más eficiente. A finales del 2010, RENFE habrá destinado una inversión global de 5.772 millones de euros a la modernización de la empresa, de los cuales, 4.436 millones habrán sido destinados a la adquisición de nuevos trenes y locomotoras.

Indudablemente los resultados obtenidos demuestran la capacidad de la gerencia pública para alcanzar esas metas de largo plazo. Gerencia que ha tenido como factores de éxito la claridad en los objetivos a lograr, la concertación de los diferentes actores, sean de la tolda política que sea, en la definición de un plan de desarrollo coherente y de largo plazo, la ejecución del mismo con un alto grado de transparencia y de eficiencia al construir las vías y comprar el equipamiento.

Cabe reflexionar sobre nuestro futuro, tanto desde la empresa privada como desde las instituciones públicas. ¿Cuál es ese plan estratégico de desarrollo que deberíamos tener como país, cuál debe ser el rol del estado, cómo vamos a hacer los cambios requeridos? Porque lo que sí tenemos que tener claro es la necesidad de ponernos de acuerdo una visión común, y trabajar duro para lograr hacerla realidad. Porque ser un país desarrollado no es una quimera, es un sueño posible.

29 de mayo de 2010

viernes, 7 de mayo de 2010

La sucursal del cielo

Vengo de ver la exposición de fotografías FotoPres, un certamen promovido por la prensa española. Entre otros fotógrafos, está Lurdes Basolí, quien ganó uno de los premios por su trabajo: “Caracas la sucursal del cielo”. Estoy sentada frente al computador, pensando qué fue lo que me impresionó tanto de esa exposición. Creo que es una mezcla de nostalgia y rechazo a las imágenes de violencia, esa violencia de la cual quise escapar, alejándome un tiempo, como para limpiar el alma de tantos muertos y de tanta indiferencia, solo para volver a verla expuesta aquí en su crudeza emocional. Es una exposición donde Caracas brilla por su lado más feo, ese que no queremos ver, pero que nos hiere todas las mañanas cuando prendemos la televisión, cuando leemos la prensa o cuando nos cuenta un vecino o un amigo el suceso más reciente.

Usando en forma irónica el calificativo que alguna vez se ganó nuestra capital, Basolí presenta imágenes de esa Caracas que tenemos hoy: “Más allá de la revolución ─dice─ está la inseguridad y la violencia que viven los caraqueños en el día a día, y los estragos que hace en las familias”. La primera foto muestra el contraste brutal entre los barrios y la clase media, la degradación de la arquitectura urbana, los edificios de apartamentos rodeados de ranchos. Contraste para nosotros casi normal, pues vivimos allí, lo conocemos desde que nacimos, pero que para alguien de estas latitudes es impactante. Pasa luego a mostrar la emocionalidad detrás de la violencia, la desolación en las caras, la mirada perdida de la madre que abraza a la hija muerta, que le sujeta la quijada, la toma por la cabeza, desmadejada, sin fuerzas para llorar, apenas para sostenerla.

La mayoría de las imágenes reflejan no solo la tristeza y el dolor, sino también la presencia de niños, de adolescentes, en todos estos eventos. Hay dos fotos que me impresionaron en forma particular: una, la de un padre corriendo escaleras abajo con su niña herida, mientras la mamá llora junto a ella, en una esquina se ve la mano de alguien que retiene la de la niña, que no la quiere soltar, que no se atreve a despedirse.

La otra, la de una niña como de once años, su cara reventada por la violencia, una cicatriz le cruza la barbilla y le llega casi hasta el cuello. Tiene una mirada limpia, cuestionando al que toma la foto, o a la vida, preguntando, preguntándose si vale la pena. La mirada duda y el gesto también, una sonrisa que se queda a medio camino, sin atreverse a salir del todo.

Nos espera un trabajo enorme para salir adelante, para volver a ser esa sucursal del cielo que fuimos, y que deberíamos poder volver a ser. Una ciudad, un país donde podamos caminar libremente, sin el temor a que nos asalten, a perder la vida inútilmente. En el mes de abril salió un rayo de sol que puede formar un arcoíris. Pero lo más importante es pensar qué es lo que vamos a hacer más allá del arcoíris, imaginarnos ese futuro hermoso al que podamos apuntar, y trabajar unidos para lograrlo.

Madrid, 7 de mayo de 2010

viernes, 23 de abril de 2010

De cristales y olvidos

Los recuerdos son cristales purísimos, que decantan y quedan asentados en el fondo de la mente. El olvido y la memoria, opuestos que reaccionan en una ecuación sin fórmulas previas, sin predeterminaciones posibles. Nadie puede saber qué vamos a recordar y qué a olvidar. La amnesia es entonces la cura, el manantial del que bebemos ante un recuerdo abrumador, amenazante. Cuando el recuerdo vuelve, cuando el cristal se mueve, una esquirla nos corta por dentro y nos deja desnudos ante el mundo.

Uno de estos cristales estalló un diciembre hace unos años en mi cabeza. No sé si fue el susto por lo inesperado, o el estruendo de la explosión de un triquitraqui en un pasillo, que me hicieron reventar en llanto. Me vi pequeña, como de tres años o menos, sentada junto con varios niños y la maestra, todos agazapados debajo de una mesa de madera, redonda y blanca. Había ruido afuera, en el patio. Un hombre con barba estaba dentro del aula, asomado a la ventana. Tenía ropa militar y un fusil en la mano, y miraba impaciente tratando de descubrir no se qué cosa allá afuera. De repente sonaron unos disparos, uno, dos, tres, luego una metralleta, se oyeron pasos afuera, en el patio, como alguien corriendo, los pasos resonaban contra la pared, el hombre que estaba con nosotros disparó también, pum pum, un niñito se puso a llorar, aterrado, yo pelaba los ojos paralizada, muda, sentada con las rodillas abrazadas.

Mi infancia es una mezcla de recuerdos similares, de guerrillas y enconchados, de gritos y silencios, que han ido decantando en mi memoria, como cristales. Recuerdos de adultos discutiendo sobre política. Ellos pensaban que yo no estaba ahí, pues los niños tenemos una habilidad increíble para hacernos invisibles. Ahora, recogiendo los cristales, escucho voces apasionadas, discusiones en voz baja, alguien preso, o desaparecido, percibo la angustia, presiento las verdades a medias, las seguridades a medias.

Retazos de recuerdos, mi abuela prendiendo la radio en su cuarto y buscando la señal de Radio Habana Cuba, despertar con ese himno y esa propaganda, “Esta es Radio Habana Cuba, transmitiendo directamente desde Cuba, territorio libre de América”, mezclado con el campaneo de Radio Rumbos y su jingle “Radio Rumbos en Caracas… sensacional! La emisora de Venezuela”, que ponía mi Bisa en la cocina desde las cinco de la mañana para hacer arepas.

Esas dos realidades extrañamente están ahora también entrelazadas en mi país del siglo XXI, vuelven a mi desde el pasado, para mirarlas hoy desde otras aristas, para tratar de entender ese mundo de mi infancia, lleno de olvidos, como trato de entender ese mundo de hoy, pura violencia. Quiero escoger los cristales que se salvaron y buscar mis claves para descifrarlos, entender la alquimia que hizo que recordara estas cosas y no otras y ver si eso me sirve para descifrar también el futuro que nos espera.

22 de abril de 2010