Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








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viernes, 25 de marzo de 2016

Cultivo una rosa blanca

Ayer escuché el discurso de Obama en el Teatro de La Habana. Los 35 minutos completos. Fue un discurso memorable. Transmitido en cadena nacional de radio y televisión ante un país que no está acostumbrado a que una persona diga lo que piensa.

No todo el mundo sabe lo que es vivir en un encierro como el que ha vivido Cuba por más de 50 años. Lo podemos decir los venezolanos, que llevamos varios años con una represión creciente de la libertad de información. Todavía recuerdo el asombro de mi hijo hace dos años, cuando se transmitió en vivo el famoso diálogo entre el gobierno y la mesa de unidad, que solo duró esa sesión: fue la primera oportunidad que tuvieron los jóvenes del país de ver algo parecido a un debate por televisión.

Así que ver a Obama hablar por la calle del medio en el Teatro de La Habana, en un discurso que fue transmitido en vivo por la televisora nacional cubana, debe haber sido todo un acontecimiento en ese país. Sobre todo porque no se limitó a hacer un discurso político ideológico, sino que realmente aprovechó para hablarle a la gente, al cubano de a pie. 

“Cultivo una rosa blanca”. Obama abrió su discurso con el verso de Martí para subrayar la ofrenda de paz y amistad que hizo el poeta a amigos y enemigos. Se tomó el trabajo de subrayar sus palabras con frases en español perfectamente calculadas: “Creo en el pueblo cubano”, dijo un par de veces en español claro y audible, “El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano” dijo casi al final. Me imagino las caras de asombro, de desconcierto, de emoción, de incomodidad y de alegría, todas esas cosas juntas, en las casas, ante los televisores, en los bares, en las radios, las caras de la gente que estaba presente y que aplaudía con retardo, con el rezago que causaba la espera de la traducción al español, o quizá la búsqueda de aprobación para hacerlo.  Se ve que dudaban darse permiso para mostrar alegría, como sucedió con uno de los presentes que miró a un lado y luego a otro antes de atreverse a aplaudir de pie, cuando Obama señaló que había solicitado al Congreso de Estados Unidos el cese del embargo.
 
Señaló las cosas comunes de ambos países, tanto en su historia como en su presente, sin negar las grandes diferencias entre los gobiernos. Se dio el permiso de decir lo que pensaba, de contar su propia historia que, dentro de todo, ratifica el sueño americano pues él, hijo de un negro de Kenia y una mujer blanca de Kansas, pudo llegar a ser el presidente de la mayor potencia del mundo. Él, un negro en un país donde todavía el racismo hace estragos, donde todavía no se cierran las heridas, logró llegar al tope del poder y salir (como lo hará) con la frente en alto por la tarea bien cumplida.

I know the history, but I refuse to be trapped by it” (Conozco la Historia, pero me niego a dejar que me encierre), nos dice antes de comenzar a enumerar los valores en los que él personalmente cree y practica. Predicar con el ejemplo propio es algo que debemos agradecerle. Podemos o no estar de acuerdo con sus políticas, con sus decisiones (e indecisiones), con su método de búsqueda de consenso hasta en momentos inapropiados, pero no podemos dejar de reconocer su honestidad y la defensa de los valores que enunció en su discurso –igualdad ante la ley, derecho a la educación, salud y vivienda, derecho a la libertad de expresión, a la libertad de culto y a la libre elección del gobierno–, valores que yo en lo personal suscribo ampliamente. Cada vez menos políticos pueden subirse al estrado del mundo y hablar con sinceridad y credibilidad. Como triste ejemplo está Lula, quien se desmorona cada día como la figura que fue, defensora de bastiones de mejora social y que ahora pasa a la larga lista de corruptos y corruptores que abundan en la política de nuestros países.

Obama nos regaló un espacio de la política posible, esa de mirar más arriba de lo mundano y exigirse como individuo la defensa de los valores, de las creencias. No esperar a que el gobierno haga, sino exigir al gobierno lo que debe hacer. Gracias a eso, decía, gracias a las luchas de los ciudadanos norteamericanos, de Martin Luther King y sus predecesores, él era el presidente de los Estados Unidos.

“Creo en el pueblo cubano”, insistió, en español. Porque la gente es la que cambia las sociedades, y mientras la gente no cambie, los gobiernos seguirán haciendo lo que el poder y la ambición les dicte. Yes we can, decía su eslogan en la primera campaña. “Sí se puede”, terminó en español.

discurso de Obama original en inglés, 22.03.16


24 de marzo de 2016

lunes, 12 de noviembre de 2012

Un discurso inspirador



La semana pasada fue reelecto Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. La contienda fue reñida, los temas que se discutieron eran álgidos, pues no solo se trataba de los planes de gobierno, sino de cuáles deben ser la visión y los valores del país en el siglo veintiuno. Vimos a algunos representantes del partido republicano hacer declaraciones ominosas sobre el aborto y los derechos de la mujer, en términos que parecían ser dictados por algún sacerdote de la Inquisición. Vimos al actor Clint Eastwood reclamarle a Obama en una silla vacía, todas las promesas incumplidas, como parecía que era el sentimiento de una mayoría de la población. Sobre todo vimos a un Obama ausente, como sentado en esa esa misma silla vacía durante el primer debate presidencial, cuando se discutieron los temas de la economía –el crecimiento, el desempleo, los impuestos y recortes presupuestarios– que son los que más preocupan a los norteamericanos.
 
Los resultados de la votación popular reflejaron la dificultad de esa pugna: 50% Obama, 48% Romney, fueron los últimos números. Un país dividido en dos mitades casi exactas en cuanto al número de votantes, pero totalmente diferentes en su composición: de un lado la población más conservadora, anclada en un pasado de éxitos, aferrada a una forma de hacer las cosas; del otro la diversidad de género, raza y cultura, la que busca cambios y cerrar brechas, alcanzar nuevos horizontes. Ante ese país dividido, se paró Obama al conocer su triunfo y llamó otra vez a la unidad de la nación.

El discurso de Obama fue excelente, un retorno a la gran oratoria del líder, a quien últimamente se le había visto pusilánime, dubitativo, casi aceptando una derrota inminente. Pero el triunfo lo envolvió en una bocanada de inspiración. Porque un líder no solo debe hacer, también y primordialmente debe inspirar, señalar la visión de país hacia la cual se moverá el conjunto. Y eso fue lo que hizo en su discurso.

For the United States of America, the best is yet to come. Con esa frase comenzó a enunciar ese país posible: acceso para todos a las mejores escuelas y los mejores profesores, un país líder mundial en tecnología, descubrimiento e innovación, generador de empleo de calidad, un país que no esté acosado por la deuda, ni debilitado por las desigualdades, que no esté amenazado por la capacidad destructiva de un planeta que se calienta. 

Por otra parte, reconoció que el pueblo norteamericano quiere resultados concretos y llamó al consenso entre republicanos y demócratas, para lograr dirimir los conflictos que hasta ahora han obstaculizado los cambios. Pero también llamó a la participación del ciudadano, como lo ha hecho en anteriores oportunidades: la democracia no se trata sólo de ejercer el voto, aunque las elecciones no son poca cosa, “consiste en saber qué podemos hacer todos juntos, mediante una labor tan frustrante y difícil, pero necesaria, como es el autogobierno”.

Ese tema de la participación activa del ciudadano es clave para la democracia del siglo XXI en cualquier parte del mundo. Hoy en día no se trata de salir a votar y luego sentarse en la casa a ver por televisión los resultados. Se trata del trabajo previo, o mejor dicho, del trabajo permanente. Se trata de qué estamos haciendo para mejorar la sociedad que tenemos, cómo estamos participando en un cambio. Con la democracia no solo vienen los derechos sino también las responsabilidades –nos recuerda Obama–, debemos manejar al país para entregar un legado seguro de aquí a veinte años.

Se trata entonces del presente y del futuro, de lo que estamos haciendo y de lo que podemos hacer en el colegio de nuestros hijos, en nuestra comunidad, en el trabajo, para que tengamos mejores oportunidades, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros vecinos también las tengan. Nos hemos habituado a dejar a los políticos solos en esa tarea de cambio social, que debe ser una tarea de todos. Necesitamos buscar espacios para la participación, crearlos de ser necesario. Y seguir adelante con esperanza, que fue, por cierto, uno de los puntos finales de ese discurso:

“I have always believed that hope is that stubborn thing inside us that insists, despite all the evidence to the contrary, that something better awaits us so long as we have the courage to keep reaching, to keep working, to keep fighting”. (La esperanza es ese sentimiento tenaz dentro de nosotros que insiste, a pesar de la evidencia en contra, en que el futuro nos reserva algo mejor, siempre y cuando tengamos el coraje de mantenernos en la búsqueda, de mantenernos trabajando, de mantenernos en la lucha).

Es necesario buscar dentro de nosotros esa llama y salir a luchar, a insistir en que las cosas pueden ser mejor, a buscar un mejor destino. Nadie lo va a hacer por nosotros. En nuestro caso, en vez de buscar culpables de los resultados electorales, se trata de salir a acompañar a los candidatos en los que creemos, a meter el hombro. Y por supuesto, de salir a votar.


12 de noviembre de 2012