Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








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lunes, 19 de enero de 2015

Cuentos de (T)error


I

No existen las colas. Es un error. La gente ve un camión, espera a que estacione y luego lo rodea ordenadamente, con curiosidad pero en silencio, como si estuviera rodeando un santo en una iglesia. La fila que se hace no es una cola, es una línea para esperar la comunión, es la fila para que te den regalos, las bendiciones.

La gente espera cuatro, cinco horas. Vuelve el chofer del camión. Mira a un lado y al otro, camina entre la gente que murmura a su paso. Como un sacerdote que atraviesa su rebaño hacia el púlpito, el chofer se abre paso entre la muchedumbre y se monta en su altar particular. Se sienta, cierra la puerta, baja la ventana. Solo en ese momento anuncia: no tengo nada de mercancía, es un error, este es un camión de carga de materiales eléctricos para construcción. No hay leche, ni pañales, ni nada de eso.

La gente se desconcierta. No puede ser, ¿cómo que no hay nada? ¿Por qué se paró frente al Farmatodo? Varias personas se alejan cabizbajas, otras siguen rodeando el camión, incrédulas. El chofer prende la máquina y acelera dos veces, como advirtiendo su partida. Una señora toma a su niñito por el brazo y lo hala hacia la otra acera, otros se agolpan y comienzan a golpear los costados del camión. El chofer toca la bocina. Una, dos veces. La tercera vez deja el sonido estridente pegado y la gente brinca hacia atrás, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El camión arranca. Una nube de humo azul queda en el aire.
No hay colas. No hay nada. Fue todo un error.


II

Tomo el carrito del mercado y siento como si me recorre un escalofrío. Ya no me acuerdo qué vine a comprar. No importa. Comienzo el recorrido por el anaquel que está en el extremo izquierdo, como siempre lo hago, pero esta vez estoy alerta a lo que traen los otros. Oigo una especie de grito-susurro colectivo: ¡Hay aceite! Nadie lo quiere decir muy duro, antes de tener sus propias botellas en la mano. Tengo que apurarme. Siento como la adrenalina me sube a la cabeza. Suelto el carrito en una esquina para ir corriendo a donde están repartiendo el aceite. La cola es por el otro lado señora. Hay pocas personas. Todavía no se ha regado la voz. Esta vez lo voy a lograr.

Me dan seis litros. Me los llevo sin chistar, aunque solo necesito dos, pues uno no sabe cuándo va a volver a conseguir aceite. Busco apresurada mi carrito pero alguien se lo llevó. Un señor con otros seis litros me mira y reconoce mi desesperación: ¿Este era el suyo? Me pregunta un poco apenado. Sí, le digo, pero no importa. No, no, disculpe, y me lo devuelve. Es que uno no sabe qué es lo que está haciendo. Sí, es verdad, uno se vuelve como loco.
Yo ya no lo veo a él, no veo tampoco los anaqueles vacíos. Me siento como una reina, abrazada a mis seis litros de aceite. Ya no me acuerdo lo que vine a buscar. Eso se me olvidó. No existe. No importa.


III

Los anaqueles no están vacíos. Es un error de comunicación. Una falacia. Están repletos de un solo producto. A veces es un desmanchador de grasas que no sé si es para ropa o para la cocina. Compro uno por si acaso. Limpiador de cristales, limpiador de cristales, limpiador de cristales. Nos moriremos de hambre pero eso sí, tendremos las ventanas limpias, podremos ver perfectamente el sol que se oculta o las colas que no existen, o los cohetes con los que alguien tiene la voluntad de celebrar el año nuevo en nombre del gobierno.


IV

Domingo en la tarde. Entramos a uno de esos supermercados de clase media, al este de la ciudad. Tomamos un número y esperamos con paciencia en la cola de la charcutería. De repente se escucha un bululú: parece que llegó el jabón de lavar ropa. Seguimos haciendo nuestra cola, no necesitamos jabón. Me asomo a la entrada y veo llegar varios motorizados con sus parrilleros respectivos. Se bajan, hablan entre ellos y van directo hacia la cola del jabón, como si estuvieran dateados. El alboroto crece, se oyen gritos, golpes secos. El dueño llama a la policía, hay que poner orden. Octavio me llama, ya llegó nuestro turno, me apresuro a comprar el queso y el jamón de pavo, pendiente de lo que está pasando.

Llegan los policías, también en moto. Dos se apostan en la salida y el tercero comienza a dar órdenes: la cola por aquí, una sola fila, no se empujen. El dueño le dice algo al oído al policía. Este llama a la calma y anuncia que no, no hay jabón. Fue un error. Mala información. Octavio y yo seguimos paseando por los anaqueles, a ver si conseguimos pan. La gente se empuja, los ánimos se caldean. Señores, no hay jabón, grita el policía. Uno de los tipos que estaba en la cola se acerca y en un santiamén saca una pistola y apunta al policía al cuello: cómo que no hay jabón, ¿tú eres m.? ¡Me le dices a estos hijos de ##$$$ que saquen el jabón ya!

Rapidamente, una docena de malandros armados toman control del supermercado, aún con los policías ahí. Octavio y yo vemos la escena detrás de las verduras. A nadie le importaba ya si su número era el 23 o el 37. Cálmate, chamo, no es pa‘tanto, implora el policía. Dile a estos cabrones que saquen el jabón, repite el tipo. Los dueños se van a las bodegas, custodiados por varios de los motorizados. Los otros recorren el mercado, fiscalizando cada bolsa, buscando en los carritos de las personas, a ver quién tiene jabón, o mejor dicho: ¿QUIEN TIENE JABON!!!!

El silencio se cierne en el supermercado, recorre cada pasillo, se estrella en las paredes de los anaqueles vacíos. Nadie se atreve a moverse. Tener jabón es, por primera vez, motivo de vida o muerte.
¡Qué hacemos aquí, Octavio!

Caracas, enero de 2015



@aalvaray

sábado, 8 de febrero de 2014

Lo peor es la alegría


Esta semana se cumplieron 22 años del Golpe de Estado que intentó Chávez con un grupo de compañeros militares.  Alguien comentaba que ese fue el evento donde le robaron el futuro a los jóvenes del país. Eso me dejó pensando, sin duda fue el momento en que se comenzó a resquebrajar la estructura formal de la democracia, pero ésta ya sufría de osteoporosis, una osteoporosis que a los políticos viejos les cuesta reconocer.

El cáncer ya venía corroyendo las entrañas del sistema, aún cuando se seguían guardando las apariencias los problemas estaban ahí: la dependencia del petróleo, el empresariado oportunista, la corrupción cómplice, el flácido sistema judicial, la desigualdad creciente, la apatía de la clase media, el deterioro de la educación pública, la pérdida de valores y de metas comunes como sociedad. Todo eso coexistía en una ilusión de democracia salpicada de reductos de excelencia: PDVSA, el Metro de Caracas, la alcaldía de Chacao, el sistema de orquestas (que ya existía y cosechaba éxitos), entre otros. El Congreso era como una especie de mercado persa, donde se comerciaba con las decisiones: yo te apoyo en esto si tú me apoyas en esto otro; se debatía, pero las discusiones no necesariamente llegaban al hueso, solo hasta donde los distintos bandos disponían, para acomodarse a sus agendas personales o intereses partidistas.

A partir del mismo 4 de febrero de 1992 comenzó la caída, anunciada en sesión extraordinaria del Congreso, cuando el mismísimo Caldera, defensor de la democracia, dio un discurso donde “justificaba” la acción de los golpistas, dado el entorno de corrupción y la falta de acciones que atenuaran las medidas económicas en las que se había embarcado el gobierno de turno:

“…Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por  la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer, de impedir el alza exorbitante en los costo de la subsistencia, cuando no ha sido capaz de ponerle un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo están consumiendo todos los días la institucionalidad venezolana…hay un entorno, hay mar de fondo, hay una situación grave en el país, y si esta situación no se enfrenta el destino nos reserva muchas y muy graves preocupaciones”.

Por mucho que nos hubiéramos dedicado a proyectar el futuro, nunca nos hubiéramos imaginado la clase de problemas que hoy estamos enfrentando. La corrupción de la que hablaba Caldera en ese discurso es hasta ingenua, ante lo que estamos presenciando. No solo no tenemos instituciones fuertes e independientes, sino que lo que hoy existe es una maquinaria ineficiente y podrida, que traga dinero en dólares y es incapaz de proveer bienes o servicios a la ciudadanía. El espiral centralizador y controlador ha traído como resultado que la sociedad venezolana tenga hoy los peores índices de inseguridad, escasez, inflación y corrupción en la historia del país.

Ante estos resultados, nos preguntamos qué podemos hacer. “Lo peor es la resignación” decía Simón Boccanegra esta semana, analizando las reacciones (o la apatía) de la gente ante el caos que prevalece. Yo creo que no es así. Cuando uno se resigna es porque admite un hecho fatal como la muerte o una enfermedad incurable, se rinde ante una evidencia que está más allá de sus manos, que puede ser admitida con dolor o con tristeza. Pero cuando vemos a la gente haciendo cola sumisa frente a los anaqueles vacíos, con la esperanza de que en algún momento abran una caja de leche o llegue un cargamento de aceite o de azúcar, cuando vemos esa misma gente saltar de alegría porque consiguió tres paquetes de harina debajo de un coleto, donde alguien, seguramente un empleado, los había tratado de esconder como un botín para sacarlos después de que terminara su turno, vemos la sumisión total, la derrota, la entrega. Y para mí eso es lo peor, esa alegría sumisa.

No se cómo podemos revertir lo que ahora tenemos encima. Estoy segura que no es buscando culpables dentro de las filas de la oposición, sino organizando una protesta diferente, buscando información para denunciar con nombre y apellido, apoyando las iniciativas inteligentes de diputados y alcaldes, profesores y estudiantes, cuando señalan fechorías concretas y exigen acciones contra los responsables. Es necesario quebrar la épica de la guerra económica y alzar la bandera de la denuncia, exigir resultados, poner la responsabilidad donde siempre ha estado, en el gobierno de turno. Levantar polvaredas de guerra de bando y bando no contribuye a conseguir la solución, solo enceguece a los bandos. Pero tampoco podemos quedarnos sin hacer nada. Porque lo peor es la alegría.


7 de febrero de 2014                                                   @aalvaray