Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








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jueves, 6 de septiembre de 2012

Explosiones y otros actos políticos



1º enero, 1975: Nacionalización del hierro y del acero. La Corporación Venezolana de Guayana (CVG) pasa a administrar las concesiones que eran de la Orinoco Mining y de Bethlehem Steel y a producir el hierro y el acero a través de Ferrominera Orinoco y Siderúrgica del Orinoco, Sidor, respectivamente.

1º enero, 1976: Nacionalización de la Industria Petrolera Venezolana. En agosto de 1975 se crea Petróleos de Venezuela, quien pasa a administrar las concesiones de las empresas trasnacionales del petróleo.

Dos hitos que anuncian la creación de empresas públicas venezolanas, cuya visión y compromiso era el de un manejo eficiente para lograr aprovecharlo en función del desarrollo social del país. La visión política de entonces era crear un país autónomo, un “Hecho en Venezuela” que nos diera independencia económica, que a la vez nos pusiera en un camino de desarrollo, por encima de intereses partidistas, que nos diera un sentido de nación con objetivos de largo plazo.
Con el andar de los años hemos creado dos modelos de gerencia venezolana: el modelo de “excelencia”, donde prevalece la capacidad técnica y gerencial, la formación previa y la experiencia del personal a cargo por encima de las afinidades políticas, y el modelo “de la manguangua”, del amiguismo y la politiquería, de los famosos “cambures”, de los contratos inflados por el “cuánto hay pa­’ eso”.


Amuay en llamas
Las empresas manejadas dentro del modelo de excelencia, además de cumplir su rol dentro de la política de desarrollo del país, desarrollaron un acervo tecnológico, una forma de hacer las cosas que nos hizo crecer, estar a la altura de los retos internacionales que nos tocó enfrentar. Tal fue el caso de Sidor cuando tuvo que salir a exportar tres cuartas partes de su producción porque la demanda nacional para la que estaba diseñada no llenaba las expectativas. Tal fue el caso del Metro, donde se logró construir y operar una red de servicio público que durante veinte años se mantuvo casi como nueva, donde se logró cambiar la cultura del usuario y del operario: la una para cuidar, la otra para hacer mantenimiento preventivo y no esperar a que el daño ya estuviera hecho. Tal fue el caso de PDVSA, que logró crecer, crear tecnologías propias y enfrentar los cambios de un mercado competitivo para proyectarse hacia el futuro como la empresa pública mejor gerenciada del mundo.

El modelo manguangua se llevó por delante a Viasa, a Alcasa, a la Cantv, a la Corporación Venezolana de Fomento y sus cientos de empresas quebradas. Se hicieron muchos contratos con el gobierno, donde más de uno salió con los bolsillos llenos sin haber terminado la autopista, o habiendo cobrado doble los materiales, o prometiendo casas que quedaron a medio camino.

Hoy en día solo vemos un modelo funcionando en las empresas públicas: el de la adhesión a un partido. No importa si la persona está o no preparada para el cargo, no importa si tiene o no la experiencia adecuada, o si lo que la empresa va a hacer está en sus objetivos iniciales. Los contratos se asignan a dedo y se hace lo que diga el partido, o mejor dicho, el jefe del partido. A un lado quedaron el mantenimiento preventivo, las políticas y normas de seguridad, el orgullo de estudiar para hacer las cosas bien, el orgullo profesional. O la vergüenza profesional. No, la palabra vergüenza cayó en desuso.

Pero la historia nos ha enseñado que las empresas que se manejan sin conocimiento del negocio, descalificando la excelencia técnica y gerencial, van camino a la quiebra: las instalaciones se deterioran, se caen los puentes, hay cortes de luz, los costos suben y las operaciones se hacen inviables.

En el peor de los casos, ocurren accidentes lamentables…

Reparaciones en Acería de Planchones, Sidor
18 de noviembre 2011: Desplome de techo en Sidor paraliza área productiva. La acumulación de polvo sobre el techo de la acería de planchones de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), combinado con una intensa precipitación, provocó la caída de una parte de la cubierta del área operativa. La estructura cayó sobre el horno cuchara 3, que al momento de ceder estaba inoperativo, gracias a lo cual no hubo pérdidas humanas que lamentar.

4 de febrero 2012: Derrame petrolero sobre el Río Guarapiche. Al menos entre 18 y 22 horas estuvo derramándose el crudo sin control alguno, luego de la rotura de un oleoducto en el Complejo de Jusepín. Ausencia de personal calificado y falla de sensores y válvulas, son algunas de las causas del volumen derramado. El crudo se dispersó a lo largo de 80 Km del río Guarapiche.

Vista aérea derrame en el río Guarapiche
25 de agosto, 2012: Explosión en la Refinería de Amuay. Una fuga en el área de olefinas de la refinería de Amuay, en el Complejo Refinador Paraguaná (CRP) de Falcón, causó una explosión que provocó la muerte de 42 personas, 8 desaparecidos y 132 heridos. Nueve tanques de petróleo crudo, nafta y otros derivados fueron alcanzados por las llamas.

Estos tres hechos son apenas tristes ejemplos. Pero lo peor es la falta de respuestas, la falta de compromiso en la búsqueda de soluciones futuras. Hay una sola respuesta programada por los responsables directos de cada una de la instituciones y es, echarle la culpa a otro, hacer de cada evento un acto político.

Es necesario que los venezolanos retomemos el control de nuestro destino como país, que podamos volver a una senda de desarrollo y crecimiento. Tenemos grandes reservas de capital humano y tecnológico, en las que podemos confiar para salir adelante. Nuestros ingenieros y técnicos han sido durante muchos años el modelo a seguir de nuestros vecinos por su capacidad para llevar a cabo proyectos de gran complejidad. Tenemos recursos para poder cambiar las prácticas de trabajo y mejorar lo que hoy parece perdido.

Pero sobre todo, tenemos la voluntad de cambiar las cosas, de buscar un crecimiento eficiente que nos permita solucionar nuestros problemas sociales y soñar un futuro diferente.

Estamos frente al primer hito de ese futuro, el 7 de octubre, 2012.

Está en nuestras manos.

Caracas, 3 de septiembre de 2012

lunes, 20 de agosto de 2012

Vacaciones en Venezuela


Tuve este verano la visita de un poeta madrileño, que quiso pasear por la catarata más alta del mundo, esa que cae desde las nubes, me dijo. La vio una vez cuando era niño, en un programa de TV española, donde un fulano que hacía documentales en los años sesenta presentó la selva venezolana en blanco y negro: el río Orinoco, el Caroní, el Carrao, y unas tomas breves del salto más alto de la Tierra. Al niño poeta se le quedaron grabados los montes y las canoas y las cascadas de agua, hasta que se hizo viejo y pudo venir a verlos con sus ojos cansados.

Todavía hoy, en esta era de globalización, cuesta lo suyo llegar al salto Ángel, no solo en dinero -que ya es algo, dependiendo del campamento que vayas a llegar y del tamaño del grupo-, sino las horas de recorrido en avión, en avioneta, las cuatro horas en curiara  y la travesía de la montaña hasta llegar al pie de la cascada.

Ir a Canaima y al Salto Ángel es una experiencia inenarrable. Al remontar el río Carrao, la canoa va rompiendo el espejo de agua oscura, casi negra, dejando una estela que apenas distorsiona el reflejo del Auyantepuy; se siente el silencio de la selva, rasgado por el ruido monótono del motor que avanza, que corta el camino; el río corre y trata de pararte, los tepuyes de lado y lado te acompañan, te miran con múltiples ojos; de repente un tucán atraviesa el cielo para avisar a los otros pájaros que vamos en serio, selva adentro.

Luego viene el ascenso, una hora a pie por la selva frondosa, piedras resbaladizas, una humedad que aplasta. Llegar es un triunfo, un premio a la fuerza personal de cada uno: hay quienes hacen el camino casi sin darse cuenta, como quien va a la esquina, otros logramos la meta por terquedad y voluntad, porque esta nieta de María Teresa no se iba a quedar a mitad de camino. Pero el esfuerzo se olvida en un segundo. El salto es atemporal, eterno, sobrecogedor. Uno puede quedarse cinco minutos o cinco horas contemplando la caída del agua, escuchando su fuerza, bebiendo su belleza.

Regresé contenta. Inmune a las cadenas, al deterioro, a las pequeñas amarguras diarias. Segura de que hay un camino.


Caracas, 20 de agosto de 2012

viernes, 1 de junio de 2012

Venezuela roja



Si hay algo en lo que este gobierno ha tenido un éxito rotundo es en que Venezuela sea ahora roja rojita. Por supuesto que no nos referimos a tintes políticos, ni tampoco a los colores deportivos que pueden llevar los fanáticos de la selección española. El rojo se refiere, lamentablemente, al color de alerta en los niveles de seguridad (o inseguridad) que hay en el país. Antiguamente conocíamos “zonas rojas” en las ciudades, hoy por hoy, todo es del mismo color, en cualquier parte y a cualquier hora nos puede suceder algo: un asalto, un secuestro, una herida porque por mala suerte quedemos en medio de una balacera. El cerco de la inseguridad se nos aproxima cada vez más.

Esta semana supe del secuestro de cinco jóvenes en una ciudad del interior,  todos con el mismo modus operandi: los delincuentes se estacionaban en la entrada de una universidad privada como si fueran pescadores que hubieran lanzado sus redes al mar, hasta tomar por sorpresa a los estudiantes más inexpertos, a los que recién comienzan en la universidad, para atravesarles el carro y llevárselos a un mar de zozobra, en una situación que nunca más van a lograr olvidar.
 
El objetivo de estas operaciones ya no son solo personalidades de mucho dinero, sino familias de clase media, empleados cuyos ahorros son sus prestaciones acumuladas, o pequeños y medianos comerciantes que poseen bienes de capital con los cuales trabajan: una grúa, un camión, un local comercial. No importa cuanto dinero tengas, si estás vestido de ejecutivo o de obrero, si tienes zapatos de goma o zapatillas con tacones a la moda. No importa la hora, ni la pinta, ni el lugar, pues se trata de una industria del secuestro, del robo, de la intimidación.

El país se nos muere por la peste de la inseguridad y de la impunidad y todavía hay gobernantes que tienen la cara tan dura de decir que aquí no está pasando nada, que es invento y exageración, pura sensación de inseguridad.

Escribo esta nota justo esta semana en que la MUD presentó su plan de seguridad: “…atacaremos con fuerza la impunidad y velaremos por un cumplimiento estricto de la ley en un país donde la justicia será para todos por igual… abordaremos el problema de manera integral al atacar todos los factores que originan el crimen. Este enfoque implica la intervención en cuatro ámbitos de acción: prevención, reforma policial, sistema de justicia (Fiscalía y tribunales) y sistema penitenciario. La solución al problema de la inseguridad depende de este abordaje integral.”

Al menos tenemos una esperanza con el cambio que está por venir.

Caracas, 31 de mayo de 2012

lunes, 5 de marzo de 2012

Obra de arte o realidad


En los días de carnaval tuve la oportunidad de visitar uno de los museos más importantes a nivel internacional: el Museum of Modern Art, en Nueva York. Ahí vi una escultura que me llamó poderosamente la atención. Pensé, por lo que representaba, que la había hecho un venezolano. Era como la parte delantera de un carro chocado, de esos que el seguro da como pérdida total: el capó doblado, el chasis retorcido, la rejilla como una lengua afuera. Lo que más me llamó la atención es que estaba pintada con los colores de la bandera, en el exacto orden amarillo azul y rojo que aprendimos desde niños. Donde van las estrellas estaba clavado el parachoques plateado, reluciente como una espada.

Nunca una obra de arte me pareció tan alegórica. Es como si el artista hubiera entendido nuestro entorno, nuestra rutina diaria. Me imaginé cada golpe como los que recibimos cada vez que abrimos el periódico: la contaminación del río Guarapiche en Monagas, las miles de toneladas de alimentos que otra vez se pudren en Puerto Cabello, la merma en la producción de la mayoría de las empresas del Estado.

Nuestra retahíla de problemas nos deja en el alma una huella como la que dejan los golpes: la piel hinchada, morada, dolor interno. No hay un solo titular que tenga algo positivo, ni en la prensa ni en nuestro día a día: que el metro se paró en Caño Amarillo y la gente no va a llegar a tiempo al trabajo, que los obreros de una empresa en Guayana tienen ya mas de tres semanas encadenados en las puertas reclamando sus prestaciones, que le dieron un tiro en la cabeza a un cantante, o que mataron a alguien conocido.

Caminamos por las calles, vemos un hueco y nos preguntamos si será tan difícil mantener el asfalto medianamente nivelado, buscamos un medicamento con la certeza que vamos recorrer al menos cuatro o cinco farmacias antes de conseguirlo, hacemos el mercado pensando de antemano dónde encontrar lo que no esté en los anaqueles. Buscamos la solución del problema del día mientras hacemos mentalmente el ejercicio de compararlo con un estándar interno de lo que debería ser, o mejor aún, lo que pudiera ser.

Por eso esa imagen de país chocado me impactó tanto. La escultura en cuestión no la hizo un venezolano, pero representa tan perfectamente lo que vivimos, que sentí la necesidad de describirla, de compartirla. Porque al ver a mi alrededor me pregunto si el país todavía puede salvarse, o si ya pasamos a pérdida total.

En cualquier caso, para levantar al país, vamos a tener que hacer mucho más que latonería y pintura. Vamos a tener que sacarle golpes a las instituciones, enderezar procedimientos, comprar equipos nuevos, reconstruir lo que sea posible, entrenar a la gente. Y hay que estar preparados.

Caracas, 2 de marzo de 2012

viernes, 24 de febrero de 2012

Lentes nuevos para el país posible

 
Hace unas pocas semanas leí en la prensa que se murió el Doctor Francisco Belisario Navarro y recordé de inmediato cuando mi abuela me llevó al consultorio de un señor viejo y serio, que me iba a examinar para ver si los dolores de cabeza eran de la vista. “Claro, doctor, ¡es que esa niña se la pasa leyendo!”, le dijo mi abuela, como si yo fuera la culpable de mis males. Antes, mientras esperábamos afuera, la oí decirle a una señora que ese Belisario era una eminencia. A mis diez años no sabía todavía que significaba ser una eminencia. Solo supe en ese momento que el doctor me midió la cara, me puso unos lentes raros y ponía y quitaba unos cristalitos hasta que en la pantalla donde él decía que habían letras aparecieron unas garrapatas que se transformaron en A P Z B, como si el doctor fuera un mago que lograra hacer salir cosas de la nada.

Más tarde, cuando me dieron mis lentes, descubrí no solo la caligrafía nítida de mi maestra, sino que las manchas negras en el cielo eran realmente pájaros, y que de verdad -no solo en los libros- había estrellas en la noche. Ese señor Belisario quizá no se imaginó -o seguramente que sí y por eso había escogido esa profesión- cómo me cambió la vida después que tuve mi primer par de lentes. Pasé a ser una persona con doble personalidad, una especie de Clark Kent pero al revés: con lentes tenía superpoderes y mi fragilidad se escondía detrás de ellos.

Con los años descubrí que el Doctor Belisario, a la par de construir una clínica privada de alto nivel como lo es hoy la Clínica para Enfermedades de los Ojos, en el año 84 fundó junto con su esposa el Instituto Popular para los Ojos, dirigido a atender a la gente de menores recursos. Esa iniciativa siempre me llamó la atención, pues combinaba la atención a una población desprotegida por el colapso de los servicios públicos en el país, con la creación de un centro de investigación y docencia que hoy en día es reconocido como modelo de atención médica integral a nivel internacional.

El doctor Belisario no esperó que el gobierno le diera dinero para fundar una clínica y tener un impacto mayor sobre una población de bajos recursos. Todo lo contrario, su labor como ciudadano consistió en crearse un espacio para contribuir a mejorar las condiciones de vida de sus vecinos, de su ciudad, de su país. Esta forma de entender el ejercicio de la propia profesión es en sí mismo un ejemplo a emular, que nos podría servir como base para hacer los cambios que requerimos como sociedad, no solo en el sector de la salud sino en otros sectores.

¿Se imaginan si pudiéramos canalizar el esfuerzo de nuestros ingenieros, médicos, odontólogos, en empresas similares? Que la sensibilidad social no sea monopolio del Estado, o de algunos en el gobierno que quieran transarla permanentemente por votos. El doctor Belisario nos mostró un camino viable para contribuir de manera activa al mejoramiento de la sociedad. El mejor homenaje que podemos hacerle es usar esos nuevos lentes para ver el país posible, ese que podemos reconstruir.

Caracas, 23 de febrero de 2012

viernes, 21 de enero de 2011

Un discurso de unidad

En días pasados vimos al presidente Obama dar uno de los mejores discursos de su carrera: el que le dedicó a las víctimas del tiroteo ocurrido en Tucson, Arizona, el pasado 8 de enero. Ese día un joven de Arizona sacó una pistola y atacó a un grupo de personas que estaba reunido en torno a la congresista Gabrielle Giffords, matando a seis e hiriendo a otras trece. La congresista ejercía lo que ella misma había denominado: “Congress in your corner” (el Congreso en su esquina), una forma de llevar los debates a la calle, para recibir directamente la opinión de la gente común.

El hecho desató una fuerte polémica durante los días posteriores a la masacre, donde personalidades de diversas posiciones se acusaban unas a otras de propiciar hechos violentos, de no ejercer mano dura contra el fanatismo, de no realizar controles suficientes a los portadores de armas. Ante este recalentamiento del discurso político y social, Obama se hizo presente en la ciudad de Tucson, visitó a los heridos y fue el orador principal en el funeral de las víctimas.

Sus palabras fueron de inclusión desde el principio. Empezó validando las dudas de todos, la necesidad de exigir explicaciones y de tratar de imponer orden al caos, para luego sugerir una reflexión personal al debatir con alguien que no tiene nuestro punto de vista: “En estos tiempos en que nuestro discurso se ha polarizado agudamente, en que estamos demasiado ansiosos de culpar a aquellos que piensan en forma diferente a nosotros por todo lo malo que pasa en el mundo, es importante que hagamos una pausa por un momento y asegurarnos que estamos hablando entre nosotros de manera de curar y no de herir”.

Esa frase retrata lo que está pasando no solo en los Estados Unidos, sino en muchas partes del mundo. El discurso polarizado divide a las poblaciones, remueve resentimientos, agita pasiones y las hace volcarse hacia la agresividad y la violencia. Esa manera irresponsable con la que muchos líderes culpan a sus oponentes de todo lo que pasa, pasó o pueda pasar, sin que cada quien asuma su propia responsabilidad en los hechos, impide ver soluciones que pudieran estar a la mano y trabajar en equipo para lograrlas.

Obama coloca la discusión y la búsqueda de soluciones en la persona, en el ciudadano común, en la pequeña comunidad; mueve a que cada quién piense qué puede hacer en lo personal para cambiar las cosas: “A lo mejor no podemos detener lo malo que pase en el mundo, pero el cómo nos tratamos los unos a los otros está enteramente en nuestras manos”.

Lo primero, por supuesto, es observarse a sí mismo. Cómo trato a las personas que piensan diferente a mí: en la calle, en mi trabajo, en mi familia. No se trata solo del ámbito político. Se trata de ejercer la democracia como un valor social, familiar, personal. Estamos acostumbrados a líderes que para ganarse adeptos culpan a los que piensan diferente y llaman a la guerra, a batallas, a triturar al enemigo. O a que usen las tragedias como la emergencia de las lluvias para seguir haciendo proselitismo político a costillas de las víctimas, o para seguir esperando cosas del gobierno sin tomar cartas en el asunto.

¿Cuántas familias nuestras están divididas por esa polarización desesperante? ¿Cuantas veces hemos hecho ese ejercicio de reflexión, de entender que somos una sola cosa, un mismo país, que si se hunde el otro yo también me hundo? La verdadera unidad vendrá cuando entendamos como sociedad que tenemos que tener una sola visión, un set de valores comunes, un proyecto de país que vaya más allá de quien está temporalmente al mando. Porque ese proyecto tiene que estar por encima de todos, por encima incluso del líder del momento.

El hecho de arrancar este año con una nueva Asamblea Nacional más plural, es un motivo de esperanza. Aprenderemos otra vez a convivir en un mismo escenario, lo que parece que se nos había olvidado. Comienzan a verse programas de opinión con diversas toldas representadas, hablando cada una sobre sus ideas y por primera vez en años, el presidente tuvo que hablar en un espacio donde estaban todas las tendencias, no solo sus seguidores.

El proyecto país es lo que debemos debatir en esa nueva Asamblea y llegar a consensos en los grandes temas, sin que sea necesario aniquilar a una parte de la sociedad para que otra sobreviva. Podemos cuestionar las ideas que cada quien expone, pero sin poner en duda el amor que cada uno tiene por el país. El ejercicio de la empatía, un ejercicio difícil, pero que está en manos de cada uno de nosotros.

21 de enero de 2011