Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








viernes, 12 de octubre de 2012

Levantarse y andar

-->

El domingo siete fueron los preparativos de la fiesta, había alegría, nerviosismo, una efervescencia solo comparable a un treinta y uno de diciembre, al del cambio de siglo, cuando esperamos el cañonazo con más ansias, que revienten los cohetes, que comience la celebración. Pero los cohetones que detonaron en Caracas anunciaron otro triunfo. En mi casa hubo abrazos, sí, pero de duelo; hubo gritos, sí, pero de rabia; hubo llanto, incredulidad, tristeza.

Poco a poco hemos ido retomando la rutina, cuesta levantar la cabeza y volver a internarse en la jungla, en esta Caracas que se me hace hoy tan dura, tan difícil. Pero no podemos caminar mirando el piso, como muchacho regañado, como si no existiera más esperanza que la de aguantar, o salir. Ahora es cuando se nos hace necesario levantarse y andar, fijar la mirada en un punto en el horizonte, tener una dirección, pues no hay un solo camino, hay muchos que comienzan a develarse: el camino de las despedidas, de la búsqueda de nuevos horizontes que, por ahora, no nos puede dar nuestro país; el camino de “tiro tierrita y no juego más”, que quieren propagar los que quieren ver fantasmas donde no hay; está el camino de la indiferencia, de la resignación, del abatimiento; caminos borrosos, desdibujados, que se pierden en la neblina del no saber qué hacer.
 
Estamos, creo yo, ante una encrucijada…¿Cuál camino tomo? Parecen igual de tristes, igual de riesgosos, igual de difíciles. Robert Frost, ese poeta maravilloso, escribió una vez sobre el camino no tomado, sobre la duda que nos embarga cuando los caminos se ven casi iguales. Se asomó por uno y oteó el horizonte hasta que se perdía en la espesura. Luego tomó el otro, el menos transitado, seguro de que haría toda la diferencia.

La mayoría del país decidió tomar el camino conocido, el oficial, el que me regala la casa y me da de comer, el que “me toma en cuenta”. Los que votamos por el candidato de la unidad creemos en otra manera de hacer las cosas, tenemos otra visión del país. Esa otra manera representa el camino menos transitado, el más difícil, pues significa ir por una senda desconocida, sin referencias ni asideros, donde nos toca construir nuestros propios refugios, probar qué funciona y qué no.

Este nuevo modelo de país que apenas esbozamos en estas elecciones, se merece un esfuerzo adicional de construcción. No podemos pensar que  solo con meses de tener un proyecto listo, en un casa por casa breve pero inolvidable, íbamos a poder torcer el trabajo de catorce años de este régimen. Nos movilizamos para convencer pero no fue suficiente. Ahora nos toca preguntarnos: ¿conocemos bien a nuestra gente? ¿Sabemos sus necesidades, sus sueños, sus miedos?

Cuando Mandela estuvo preso, se dedicó por treinta años, no solo a organizarse internamente, sino a estudiar a su oponente –los afrikáneres–, a hablar su lengua, a aprender su historia, sus mitos, sus costumbres, qué era importante para ellos y qué los motivaba. Cuando Gandhi dirigió a la India hacia su independencia venía de haber estudiado en Inglaterra y de haber estado preso en Suráfrica. Conocía no solo la profesión que ejercía, sino los valores coloniales británicos, sus costumbres, sus leyes, sus miedos, sus creencias. Así como conocía las de su pueblo.

Cuando escucho a la mayoría de la gente descalificar al otro por borrego, o porque recibe dinero del gobierno, me pregunto qué tanto realmente conocemos lo que está pasando en esa Venezuela profunda. Cuando uno quiere vender una idea, un proyecto, es imperativo conocer al cliente, qué le gusta, qué le apasiona. Hay que patear la calle. Henrique Capriles salió a patear la calle en estas elecciones pero, ¿son tres o seis meses, suficientes?

Creo que nos toca hacer un alto y volvernos a organizar, no dejar que esos grupos que ya están movilizados –gremios de profesionales, empleados, estudiantes, obreros– metan retroceso y sigan por otro camino, o se pierdan, o se salgan por el hombrillo. Se trata de darle coherencia a esa masa maravillosa de seis millones y medio de venezolanos que creímos y creemos en una Venezuela diferente.

Ese camino es largo, implica trabajo, esfuerzo y mucho tino. Y un liderazgo nacional claro. Que convoque a los jóvenes que participaron para que sigan organizados y produzcan proyectos para trabajar con las comunidades. Que motive a los profesionales y empleados a identificar áreas de mejora y señalarlas públicamente. Que pueda exigirle al Estado el cumplimiento de leyes, el cuidado de los ciudadanos, que reúna a los diputados con los que contamos y diseñe una estrategia para controlar, aún con las pocas cifras que da el gobierno, el gasto público, la denuncia de irregularidades, la exigencia de derechos constitucionales.

Si lo que queremos construir es un país, el proceso es lento, es un cambio de cultura, y hay que trabajar no solo para las elecciones, que son, después de todo, un reflejo de lo que se viene haciendo, sino para ver el largo plazo desde todos los ámbitos.

Tenemos de nuestro lado muchos aciertos: un liderazgo de oposición unido y con espacios para la concertación, un líder visible que estuvo a la altura del enorme compromiso que fue enfrentar al gobierno en esta elecciones, la fuerza de la juventud, el conocimiento y la preparación que tienen nuestros líderes, una sociedad movilizada.

Nos topamos con una pared, con un muro que hoy nos parece inexpugnable, pero caramba, hemos abierto grietas. Yo diría que podemos abrir hasta un boquete. Pero tenemos que levantarnos y andar, seguir organizados de cara a las elecciones de gobernadores y alcaldes, con la convicción de que, si todos nos movemos hacia nuestro proyecto, el país debería avanzar.

Seguir en nuestro empeño hará toda la diferencia…


Caracas, 11 de octubre de 2012

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Inciertas condiciones aplican


El tiempo se hace infinito cuando uno quiere que algo llegue pronto. Cuando estábamos pequeños, esperar la navidad o el cumpleaños se hacía eterno, los meses que faltaban eran tan largos que, después de lloriquear un poco para ver si estaba en manos de papá o mamá apurar las cosas, se nos olvidaba un rato, solo para que la ansiedad de la espera volviera unos días o unas semanas después, con las ganas apremiantes de tener el juguete nuevo, o de que vinieran los amiguitos a la fiesta.

En Venezuela estamos esperando las próximas elecciones presidenciales desde hace ya mucho tiempo. Hemos vivido los últimos diez años de elección en elección, de promesa en promesa; hemos visto candidatos mudarse de bando, de rol, de discurso. En cada votación a la que hemos asistido, la oportunidad de cambiar el modelo de gobierno ha ido ganado terreno: ha surgido un nuevo liderazgo político y hemos abierto espacios de convivencia en un entorno hostil, donde hasta hace poco ha privado el antagonismo entre bandos que no se reconocían entre sí, donde ganar era aplastar al enemigo, como si fuera una guerra.

Cambiar por la vía democrática significa salir a convencer, a motivar, a convocar a la construcción de un mejor país. Significa también cambiarnos a nosotros mismos. Dejar a un lado el resentimiento, ese “te espero en la bajadita” que a veces se sale de la sonrisita del que se siente ganador o poderoso; apartar la amargura, la frustración, vencer la duda y la indiferencia, el recelo de los que ya han votado y se han desilusionado una y otra vez.

Por fortuna, entre los nuevos votantes hay un gran porcentaje de jóvenes con ilusiones frescas, recién salidas del horno, capaces de soñar y ver un mundo más amable. Entre esos jóvenes está nuestro candidato, que se ha dedicado en cuerpo y alma a recorrer pueblo por pueblo para convencernos de que ese cambio es posible.

Faltan menos de dos semanas. Parece una eternidad llegar al siete de octubre, como cuando el equipo de uno está ganando por un gol de diferencia y faltan los tres minutos del descuento, tres minutos que se transforman en ciento ochenta segundos individuales e infinitos. Una eternidad por lo cerrado de la contienda, gana, no gana, gana; las encuestas son hoy las margaritas de los enamorados, me quiere, no me quiere, no sabemos si hay suficientes pétalos, si son pares o impares los números.

No son unas elecciones cualesquiera. Cuando estemos frente a la pantalla de votación vamos a marcar nerviosos el modelo de país que queremos. Tocaremos un botón, una tarjeta y ganará el que sume la mayoría de votos. La suerte estará echada, esperaremos en tensa calma el conteo de los resultados, ejerciendo como ciudadanos responsables la defensa del voto, dentro de las leyes y la normativa establecida.

Pero todavía hay que descontar los días uno a uno, cruzar los dedos para que todo vaya bien, para que los cierres de campaña sean un reflejo de lo que ha sido este proceso y que al final nos demos como país la oportunidad de tener unas elecciones limpias y un futuro diferente.

De aquí al siete de octubre, inciertas condiciones aplican.


Caracas, 26 de septiembre de 2012

lunes, 10 de septiembre de 2012

A Fernandó


Ayer se murió Fernandó. Nuestro Fernandó. El que nos hacía paellas y asopados, pato al vidrio y rosbif con salsa fernandaise, como le decía él a su béarnaise especial; el que se tomaba unos tragos y cantaba el sultán del imperio marroquí, o las canciones republicanas de la guerra civil, esa que parecía que hubiera vivido, porque era español, aunque en el fondo de su alma era francés, y venezolano, y quizá un ciudadano del mundo que soñaba, ese mundo ideal por el que se hizo anarquista, socialista, luchador militante en su juventud y en su madurez.

No soy yo quien puede escribir los detalles de su vida, mis otros amigos conocen mejor sus peripecias en la física de sólidos, sus estudios políticos, sus borracheras románticas. Para mí, él era primero amigo de mis padres, era de su generación, pero a lo largo de los años nos hemos amalgamado todos en una misma generación, unos más jóvenes que otros, vamos por la vida tomados de la mano atravesando las circunstancias, a veces tristes, a veces alegres, que se nos presentan.


Justo ahorita, el domingo pasado, el día de su cumpleaños, estábamos planificando cómo iba a ser la próxima borrachera, dónde estaba claro: allí en la casa de Fernandó, con una paella o algo más fácil para celebrar. Pero él quiso irse a celebrar con otros panas, allá seguramente también correrá la caña, estarán Manuel Caballero y Luis Alvaray, bigotones ambos, esperándolo en una barra junto con su hermano Joaca, allá también reirá y recordará solo parte de las letras y se le trabará la lengua cuando cante el sultán, o Les feuilles mortes, cuando trate de cantar Angélica te llaman a cualquiera de esos ángeles que le pasarán por un lado, tratando de agarrarle las nalgas a una nube que se esfuma y él se sonreirá, porque siempre le pasa…
 
Fernandó querido, tú que siempre me mandabas comentarios tan certeros sobre mis textos, que me ayudaban a mejorar, a ver las cosas con ojos más profundos, de más años, de lecturas diferentes. Me harán falta tus risas y tus guiños, tu insistencia en los dos besos franceses, tu seriedad en las reuniones políticas y tu sonrisa cuando te molestábamos porque no reconocías esa incipiente sordera, que ya no era tan incipiente, pero que tú se la achacabas al tono de voz de Vladimiro, a la forma de hablar de Ileana, al ruido de la calle. Siempre me buscabas para corroborar tu historia, porque a ti, mi Gucha, siempre te escucho bien, me decías.

Estamos aquí de nuevo abrazados, tomados de la mano para despedirte, para no sentir tanto este vacío que nos dejas.


La Gucha, 9 de septiembre de 2012

jueves, 6 de septiembre de 2012

Explosiones y otros actos políticos



1º enero, 1975: Nacionalización del hierro y del acero. La Corporación Venezolana de Guayana (CVG) pasa a administrar las concesiones que eran de la Orinoco Mining y de Bethlehem Steel y a producir el hierro y el acero a través de Ferrominera Orinoco y Siderúrgica del Orinoco, Sidor, respectivamente.

1º enero, 1976: Nacionalización de la Industria Petrolera Venezolana. En agosto de 1975 se crea Petróleos de Venezuela, quien pasa a administrar las concesiones de las empresas trasnacionales del petróleo.

Dos hitos que anuncian la creación de empresas públicas venezolanas, cuya visión y compromiso era el de un manejo eficiente para lograr aprovecharlo en función del desarrollo social del país. La visión política de entonces era crear un país autónomo, un “Hecho en Venezuela” que nos diera independencia económica, que a la vez nos pusiera en un camino de desarrollo, por encima de intereses partidistas, que nos diera un sentido de nación con objetivos de largo plazo.
Con el andar de los años hemos creado dos modelos de gerencia venezolana: el modelo de “excelencia”, donde prevalece la capacidad técnica y gerencial, la formación previa y la experiencia del personal a cargo por encima de las afinidades políticas, y el modelo “de la manguangua”, del amiguismo y la politiquería, de los famosos “cambures”, de los contratos inflados por el “cuánto hay pa­’ eso”.


Amuay en llamas
Las empresas manejadas dentro del modelo de excelencia, además de cumplir su rol dentro de la política de desarrollo del país, desarrollaron un acervo tecnológico, una forma de hacer las cosas que nos hizo crecer, estar a la altura de los retos internacionales que nos tocó enfrentar. Tal fue el caso de Sidor cuando tuvo que salir a exportar tres cuartas partes de su producción porque la demanda nacional para la que estaba diseñada no llenaba las expectativas. Tal fue el caso del Metro, donde se logró construir y operar una red de servicio público que durante veinte años se mantuvo casi como nueva, donde se logró cambiar la cultura del usuario y del operario: la una para cuidar, la otra para hacer mantenimiento preventivo y no esperar a que el daño ya estuviera hecho. Tal fue el caso de PDVSA, que logró crecer, crear tecnologías propias y enfrentar los cambios de un mercado competitivo para proyectarse hacia el futuro como la empresa pública mejor gerenciada del mundo.

El modelo manguangua se llevó por delante a Viasa, a Alcasa, a la Cantv, a la Corporación Venezolana de Fomento y sus cientos de empresas quebradas. Se hicieron muchos contratos con el gobierno, donde más de uno salió con los bolsillos llenos sin haber terminado la autopista, o habiendo cobrado doble los materiales, o prometiendo casas que quedaron a medio camino.

Hoy en día solo vemos un modelo funcionando en las empresas públicas: el de la adhesión a un partido. No importa si la persona está o no preparada para el cargo, no importa si tiene o no la experiencia adecuada, o si lo que la empresa va a hacer está en sus objetivos iniciales. Los contratos se asignan a dedo y se hace lo que diga el partido, o mejor dicho, el jefe del partido. A un lado quedaron el mantenimiento preventivo, las políticas y normas de seguridad, el orgullo de estudiar para hacer las cosas bien, el orgullo profesional. O la vergüenza profesional. No, la palabra vergüenza cayó en desuso.

Pero la historia nos ha enseñado que las empresas que se manejan sin conocimiento del negocio, descalificando la excelencia técnica y gerencial, van camino a la quiebra: las instalaciones se deterioran, se caen los puentes, hay cortes de luz, los costos suben y las operaciones se hacen inviables.

En el peor de los casos, ocurren accidentes lamentables…

Reparaciones en Acería de Planchones, Sidor
18 de noviembre 2011: Desplome de techo en Sidor paraliza área productiva. La acumulación de polvo sobre el techo de la acería de planchones de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), combinado con una intensa precipitación, provocó la caída de una parte de la cubierta del área operativa. La estructura cayó sobre el horno cuchara 3, que al momento de ceder estaba inoperativo, gracias a lo cual no hubo pérdidas humanas que lamentar.

4 de febrero 2012: Derrame petrolero sobre el Río Guarapiche. Al menos entre 18 y 22 horas estuvo derramándose el crudo sin control alguno, luego de la rotura de un oleoducto en el Complejo de Jusepín. Ausencia de personal calificado y falla de sensores y válvulas, son algunas de las causas del volumen derramado. El crudo se dispersó a lo largo de 80 Km del río Guarapiche.

Vista aérea derrame en el río Guarapiche
25 de agosto, 2012: Explosión en la Refinería de Amuay. Una fuga en el área de olefinas de la refinería de Amuay, en el Complejo Refinador Paraguaná (CRP) de Falcón, causó una explosión que provocó la muerte de 42 personas, 8 desaparecidos y 132 heridos. Nueve tanques de petróleo crudo, nafta y otros derivados fueron alcanzados por las llamas.

Estos tres hechos son apenas tristes ejemplos. Pero lo peor es la falta de respuestas, la falta de compromiso en la búsqueda de soluciones futuras. Hay una sola respuesta programada por los responsables directos de cada una de la instituciones y es, echarle la culpa a otro, hacer de cada evento un acto político.

Es necesario que los venezolanos retomemos el control de nuestro destino como país, que podamos volver a una senda de desarrollo y crecimiento. Tenemos grandes reservas de capital humano y tecnológico, en las que podemos confiar para salir adelante. Nuestros ingenieros y técnicos han sido durante muchos años el modelo a seguir de nuestros vecinos por su capacidad para llevar a cabo proyectos de gran complejidad. Tenemos recursos para poder cambiar las prácticas de trabajo y mejorar lo que hoy parece perdido.

Pero sobre todo, tenemos la voluntad de cambiar las cosas, de buscar un crecimiento eficiente que nos permita solucionar nuestros problemas sociales y soñar un futuro diferente.

Estamos frente al primer hito de ese futuro, el 7 de octubre, 2012.

Está en nuestras manos.

Caracas, 3 de septiembre de 2012

lunes, 20 de agosto de 2012

Vacaciones en Venezuela


Tuve este verano la visita de un poeta madrileño, que quiso pasear por la catarata más alta del mundo, esa que cae desde las nubes, me dijo. La vio una vez cuando era niño, en un programa de TV española, donde un fulano que hacía documentales en los años sesenta presentó la selva venezolana en blanco y negro: el río Orinoco, el Caroní, el Carrao, y unas tomas breves del salto más alto de la Tierra. Al niño poeta se le quedaron grabados los montes y las canoas y las cascadas de agua, hasta que se hizo viejo y pudo venir a verlos con sus ojos cansados.

Todavía hoy, en esta era de globalización, cuesta lo suyo llegar al salto Ángel, no solo en dinero -que ya es algo, dependiendo del campamento que vayas a llegar y del tamaño del grupo-, sino las horas de recorrido en avión, en avioneta, las cuatro horas en curiara  y la travesía de la montaña hasta llegar al pie de la cascada.

Ir a Canaima y al Salto Ángel es una experiencia inenarrable. Al remontar el río Carrao, la canoa va rompiendo el espejo de agua oscura, casi negra, dejando una estela que apenas distorsiona el reflejo del Auyantepuy; se siente el silencio de la selva, rasgado por el ruido monótono del motor que avanza, que corta el camino; el río corre y trata de pararte, los tepuyes de lado y lado te acompañan, te miran con múltiples ojos; de repente un tucán atraviesa el cielo para avisar a los otros pájaros que vamos en serio, selva adentro.

Luego viene el ascenso, una hora a pie por la selva frondosa, piedras resbaladizas, una humedad que aplasta. Llegar es un triunfo, un premio a la fuerza personal de cada uno: hay quienes hacen el camino casi sin darse cuenta, como quien va a la esquina, otros logramos la meta por terquedad y voluntad, porque esta nieta de María Teresa no se iba a quedar a mitad de camino. Pero el esfuerzo se olvida en un segundo. El salto es atemporal, eterno, sobrecogedor. Uno puede quedarse cinco minutos o cinco horas contemplando la caída del agua, escuchando su fuerza, bebiendo su belleza.

Regresé contenta. Inmune a las cadenas, al deterioro, a las pequeñas amarguras diarias. Segura de que hay un camino.


Caracas, 20 de agosto de 2012

jueves, 28 de junio de 2012

Periodismo en tiempos revueltos



A los periodistas en su día

Sostiene Pereira que no es casualidad que yo haya terminado de releer ese libro de Tabucchi que relata su historia justo el día del periodista, o del comunicador social como se le llama ahora, para abarcar todos los medios en los que está involucrada la profesión hoy en día.

Me cuenta Pereira que, cuando él ejercía el periodismo, una nube gris de violencia y represión se cernía sobre Lisboa y sobre todo Portugal.
Cada evento que reseñaba en su columna de sucesos era más triste, más inverosímil, más violento que el otro. El gobierno de Salazar comenzó una censura férrea que lo obligó a esconderse detrás de la página cultural del periódico donde escribía, o mejor dicho, el director de su periódico, aliado del régimen, lo convenció para que se cambiara de sección, borrara su firma de los artículos y así no meterse en problemas con el gobierno.

No era que él hubiese firmado una lista rara en contra del presidente, no, ni tampoco había hecho huelgas, ni marchado por la libertad de expresión o porque las cosas se hicieran con cordura, sin gastos desmesurados, en beneficio de todos los portugueses y no solo de los que estaban a favor del régimen. Tampoco había hecho declaraciones incómodas, ni había entrevistado a personalidades que tenían posiciones críticas, ni había reseñado la situación de las cárceles, o del metro, o de las empresas básicas. Pero era más cómodo pensar que el dictador hacía todo por el bien del país, que las cosas tenían un orden y así debían ser, que el problema era que él, Pereira, ya estaba viejo y los tiempos habían cambiado.

Hasta que la vida tocó su puerta y lo hizo despertar, moverse, repudiar lo que estaba sucediendo. Conoció a un joven de esos que creen en un futuro diferente, que lo sacó de la pasividad del periodismo de oficina y lo obligó a volver a ejercer de cronista, a tomar posición frente a la corrupción, a los desmanes del gobierno, la violencia en las calles, los secuestros, los presos políticos, los cortes de luz, la falta de alimentos.


Pereira retomó su profesión con dignidad, con la fuerza de quien está en lo cierto. Se sentó frente a la máquina de escribir y denunció a los funcionarios con nombre y apellido, no pudo quedarse indiferente. Pero Pereira tuvo que irse del país. No quiso engrosar la lista de desaparecidos o de presos políticos. Eso sí. Lo hizo con la frente en alto, como el que sabe que solo así se puede luchar contra una dictadura: con valentía, con inteligencia y sobre todo, escribiendo con las razones del corazón.

27 de junio de 2012, Día del Periodista

lunes, 18 de junio de 2012

Mio Cid




Mi papá nos llevó a ver el Mio Cid en el Cine Ávila, por allá en los años sesenta, cuando la televisión era en blanco y negro y la pantalla grande de los cines reflejaba toda la belleza del color y la imponencia de Hollywood: el montaje de las escenas, las batallas, los trajes, los maquillajes, los grandes actores. Rodrigo Díaz de Vivar era interpretado por Charlton Heston, y Doña Ximena era la magnífica Sofía Loren.

Con los años me enteré que esa historia estaba basada en una vida real, que ese Rodrigo existió, que fue desterrado de Castilla y que se hizo de un ejército para sacar a los moros de Valencia, hasta que lo logró. Solo entonces el rey Alfonso reconoció sus victorias, le quitó el destierro injusto y lo nombró Señor de la ciudad.

El momento que más recuerdo de la película es la última batalla, cuando todo parecía perdido y Rodrigo, agonizando, decide salir al campo, convence a su paje para que, aún muerto, lo vista de caballero, lo amarre al caballo y a su lanza y lo haga salir a pelear. Construyen una armadura para sostenerlo sobre la montura, un traje que resalte sus banderas, lo rodean sus más fieles vasallos y sale el Cid al fulgor de la batalla.

La figura del Cid hace que los moros retrocedan, desconfíen de sus propias encuestas, digo, espías, y solo ven la cara hinchada del líder, las horas que se queda montado en su caballo, la imagen al parecer activa de Rodrigo. Huyen despavoridos.

El domingo pasado fuimos testigos de una marcha sin precedentes: una avalancha de gente que estaba toda unida para apoyar al candidato joven, al nuevo. A diferencia del pasado, donde las consignas eran de rabia y de protesta, en esta los mensajes eran positivos, de fe en el futuro. Pero la mayor y más importante diferencia fue la pluralidad de la gente: había personas de todas las urbanizaciones y barrios de Caracas, de diferentes gremios y clases sociales, representaciones de la mayoría de los estados del país, militantes de las treinta y tres organizaciones que apoyan al candidato de la unidad, en fin, había un colorido maravilloso.

Al día siguiente, en cambio, vimos al candidato del gobierno, repetido, desgastado, que quiere hacer de todos los héroes del pasado su propia imagen: es Bolívar y Cristo, es Zamora y Fidel, el candidato invencible, el único, el eterno. Su estrategia parece la misma que la de Rodrigo. En esta tierra sedienta de héroes tenemos nuestra propia fábrica de mitos y leyendas, y tener un Cid criollo sería, como mínimo, pintoresco.

Pero nosotros, los que queremos un cambio, no somos moros, ni traidores, ni nada de esos epítetos con los que nos nombran. Somos ciudadanos del mismo país, con los mismos derechos inalienables. Así que tenemos que salirle al paso a los rumores, a los fantasmas del pasado, a la desesperanza que algunos parecieran tener. Las guerras solo se ganan en el campo de batalla, peleando hombro a hombro, casa por casa, voto por voto. Y el domingo ya comenzamos a ver los frutos, la fuerza del cambio.

Caracas, 15 de junio de 2012