Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








jueves, 10 de enero de 2013

El nuevo orden



Dicen que año nuevo, vida nueva. Dicen también que, después de unas elecciones, viene un cambio en el gobierno, que los ministros ponen sus cargos a la orden, que el Presidente, o Gobernador, o Alcalde, reelecto o con el cargo por estrenar, se juramenta ante la Asamblea Legislativa correspondiente y comienza un nuevo gobierno, al menos en lo formal. Y dicen que La Constitución es el cuerpo de leyes que la sociedad en su conjunto está dispuesta a respetar, cuyo guardián en una democracia es, en última instancia, el Tribunal Supremo Judicial, o la Corte Suprema, o como se llame en cada país.

Aquí, en estas tierras desoladas, todo es diferente. La incertidumbre se hace presente en todos los ámbitos: el presidente sigue enfermo pero nadie informa si podrá tomar posesión  en algún momento o si solo estamos esperando un desenlace fatal. Está tan delicado que no puede venir a juramentar su cuarto mandato. Está tan enfermo que sus acólitos quieren retorcer lo que dice la Constitución para buscar los silencios, las omisiones que en cualquier otro país son lógicas: no dice que tiene que ser en Venezuela, puede juramentarse en una embajada, no dice que tiene que estar vivo, puede juramentarse su fantasma, su sombra, su espíritu que está con nosotros.
 
Los voceros aprovechan la palestra para insultar a la oposición, como si esta tuviera la culpa de la enfermedad del líder, como si el acto de juramentación el 10 de enero fuese un invento. Si hay alguien a quien culpar, es a ellos mismos, que desatendieron la condición del presidente y lo lanzaron en la cruzada de la reelección, agravando su estado y empujándolo a esta crisis.

Ayer, la presidente del TSJ, Luisa Estela Morales, dio la estocada final al tema de la juramentación que debía ocurrir el día de hoy: por argumento de continuidad administrativa no hace falta juramentarse, “no hay ni siquiera falta temporal del presidente”, dijo. Todo sigue igual, el país sigue esperando a que el presidente venga a tomar posesión en algún momento, “cuando pueda”.

Se le otorga un permiso por ausencia que no se califica de permanente ni de temporal sino todo lo contrario. Chávez reposa en una cama en algún hospital de La Habana y Venezuela entera sigue en el pasillo, esperando. No se toman decisiones, se postergan compromisos, desfilan ministros, diputados, presidentes de otros países para proclamarse “hijos de Chávez”. El canal del Estado nos inunda de propaganda, insiste en una campaña para convencernos de que todos somos Chávez. “Chávez soy yo”, repiten sus seguidores, llorando y abrazándose.

Sí, este nuevo año hay un nuevo orden. El aire de La Habana trae a Caracas un vaho que recorre todas las instituciones, destruye las estructuras y la legalidad hasta ahora tambaleante; el tumor maligno crece ya sin obstáculos, sin pudor. Nace una religión política con el hombre todavía en su lecho de hospital, oliendo a pus y a formol.

Nos toca, tanto a los líderes de la oposición como a los ciudadanos, revisar nuestras propias organizaciones y reanimar nuestras acciones de cara a estas nuevas realidades, para seguir en el camino de construir un espacio diferente.

(Escribo esto mientras oigo los Sukhoi sobrevolar la ciudad. El ruido de una guerra contra nosotros mismos).

Caracas, 10 de enero de 2013

martes, 11 de diciembre de 2012

Tres años de injusticia

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Hay aniversarios que son como latigazos, duelen, arden, retumban en la mente, en el cuerpo. A pesar de que las cosas a nuestro alrededor se mueven como en un torbellino, no podemos olvidarnos de esos hitos, no podemos dejar que pasen por debajo de la mesa.

Esta semana se cumplen tres años del encarcelamiento de la jueza María Lourdes Afiuni, ocurrido el 10 de diciembre de 2009. Este nuevo aniversario viene con el agravante de la entrevista publicada en el libro del periodista Francisco Olivares, donde la jueza denuncia que fue violada mientras estaba presa en las instalaciones del Internado Nacional de Orientación Femenina INOF. Según su relato, a consecuencia de la violación quedó embarazada, pero tuvo un aborto en la cárcel. Esta situación aparentemente fue notificada en un informe entregado directamente al presidente de la república, por una parte y a la ONU, por otra, pero no sucedió más nada.

Desde que el asunto salió a la luz pública hace unas semanas, el debate se ha planteado en torno a si es necesario que ella haga la denuncia o no ante la Fiscalía; se ha hablado de acusarla por difamación, se le critica por no haberlo notificado en el momento. El verdadero problema, sin embargo, es que si lo sucedido fue real, es necesario identificar y castigar a los culpables, además de tomar acciones para que este tipo de situaciones no sigan ocurriendo.

Puedo entender perfectamente sus razones para haber guardado silencio tanto tiempo: lo allí descrito era tan grave, tan dañino, que no podía volver a nombrarse. Más aún, atreverse a hablar estando todavía en manos del victimario, saber que éste puede volver a hacer daño en cualquier momento, saberse cada vez más vulnerable, sin posibilidades de salir, o de un juicio imparcial, es un estado de absoluta fragilidad. Una verdadera tortura. No puedo volcar en el papel las ganas de vomitar, el rechazo, la frustración, el horror al imaginarme la situación palmo a palmo. Recordé cuando le iban a hacer unos exámenes ginecológicos hace poco más de un año y los guardias querían quedarse en el consultorio, como si fuera un espectáculo gratis, como si ella fuese un animal, una vaca a quien llevan al veterinario, un caballo al que hay que cambiarle la herradura.

Lo sucedido con la jueza Afiuni revela una vez más la total impunidad del delito en Venezuela, la arbitrariedad del sistema judicial, donde los presos no están en manos del Estado, sino de otros delincuentes. Ojalá que su denuncia sirva para cambiar en algo ese entorno y que no pase lo que en la mayoría de los juicios por violación: la víctima aparece como culpable por usar falda corta o por ser bonita, en este caso por ser jueza dentro de una cárcel de mujeres, por estar condenada sin juicio, por haber sido acusada por el poder máximo y llevada a prisión sin el debido proceso.

Hoy escribo para expresar mi solidaridad con las mujeres y hombres que sufren maltratos en las cárceles, para denunciar, mientras podamos, que Venezuela no es una democracia cualquiera. Escribo sobre todo para unirme en apoyo a María Lourdes Afiuni, quien merece todo nuestro respeto y admiración.


Caracas, 10 de diciembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Un discurso inspirador



La semana pasada fue reelecto Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. La contienda fue reñida, los temas que se discutieron eran álgidos, pues no solo se trataba de los planes de gobierno, sino de cuáles deben ser la visión y los valores del país en el siglo veintiuno. Vimos a algunos representantes del partido republicano hacer declaraciones ominosas sobre el aborto y los derechos de la mujer, en términos que parecían ser dictados por algún sacerdote de la Inquisición. Vimos al actor Clint Eastwood reclamarle a Obama en una silla vacía, todas las promesas incumplidas, como parecía que era el sentimiento de una mayoría de la población. Sobre todo vimos a un Obama ausente, como sentado en esa esa misma silla vacía durante el primer debate presidencial, cuando se discutieron los temas de la economía –el crecimiento, el desempleo, los impuestos y recortes presupuestarios– que son los que más preocupan a los norteamericanos.
 
Los resultados de la votación popular reflejaron la dificultad de esa pugna: 50% Obama, 48% Romney, fueron los últimos números. Un país dividido en dos mitades casi exactas en cuanto al número de votantes, pero totalmente diferentes en su composición: de un lado la población más conservadora, anclada en un pasado de éxitos, aferrada a una forma de hacer las cosas; del otro la diversidad de género, raza y cultura, la que busca cambios y cerrar brechas, alcanzar nuevos horizontes. Ante ese país dividido, se paró Obama al conocer su triunfo y llamó otra vez a la unidad de la nación.

El discurso de Obama fue excelente, un retorno a la gran oratoria del líder, a quien últimamente se le había visto pusilánime, dubitativo, casi aceptando una derrota inminente. Pero el triunfo lo envolvió en una bocanada de inspiración. Porque un líder no solo debe hacer, también y primordialmente debe inspirar, señalar la visión de país hacia la cual se moverá el conjunto. Y eso fue lo que hizo en su discurso.

“For the United States of America, the best is yet to come”. Con esa frase comenzó a enunciar ese país posible: acceso para todos a las mejores escuelas y los mejores profesores, un país líder mundial en tecnología, descubrimiento e innovación, generador de empleo de calidad, un país que no esté acosado por la deuda, ni debilitado por las desigualdades, que no esté amenazado por la capacidad destructiva de un planeta que se calienta. 

Por otra parte, reconoció que el pueblo norteamericano quiere resultados concretos y llamó al consenso entre republicanos y demócratas, para lograr dirimir los conflictos que hasta ahora han obstaculizado los cambios. Pero también llamó a la participación del ciudadano, como lo ha hecho en anteriores oportunidades: la democracia no se trata sólo de ejercer el voto, aunque las elecciones no son poca cosa, “consiste en saber qué podemos hacer todos juntos, mediante una labor tan frustrante y difícil, pero necesaria, como es el autogobierno”.

Ese tema de la participación activa del ciudadano es clave para la democracia del siglo XXI en cualquier parte del mundo. Hoy en día no se trata de salir a votar y luego sentarse en la casa a ver por televisión los resultados. Se trata del trabajo previo, o mejor dicho, del trabajo permanente. Se trata de qué estamos haciendo para mejorar la sociedad que tenemos, cómo estamos participando en un cambio. Con la democracia no solo vienen los derechos sino también las responsabilidades –nos recuerda Obama–, debemos manejar al país para entregar un legado seguro de aquí a veinte años.

Se trata entonces del presente y del futuro, de lo que estamos haciendo y de lo que podemos hacer en el colegio de nuestros hijos, en nuestra comunidad, en el trabajo, para que tengamos mejores oportunidades, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros vecinos también las tengan. Nos hemos habituado a dejar a los políticos solos en esa tarea de cambio social, que debe ser una tarea de todos. Necesitamos buscar espacios para la participación, crearlos de ser necesario. Y seguir adelante con esperanza, que fue, por cierto, uno de los puntos finales de ese discurso:

“I have always believed that hope is that stubborn thing inside us that insists, despite all the evidence to the contrary, that something better awaits us so long as we have the courage to keep reaching, to keep working, to keep fighting”. (La esperanza es ese sentimiento tenaz dentro de nosotros que insiste, a pesar de la evidencia en contra, en que el futuro nos reserva algo mejor, siempre y cuando tengamos el coraje de mantenernos en la búsqueda, de mantenernos trabajando, de mantenernos en la lucha).

Es necesario buscar dentro de nosotros esa llama y salir a luchar, a insistir en que las cosas pueden ser mejor, a buscar un mejor destino. Nadie lo va a hacer por nosotros. En nuestro caso, en vez de buscar culpables de los resultados electorales, se trata de salir a acompañar a los candidatos en los que creemos, a meter el hombro. Y por supuesto, de salir a votar.


12 de noviembre de 2012

viernes, 2 de noviembre de 2012

Expropiado SIDETUR

 
Este año el día del ingeniero pasó por debajo de la mesa. La junta directiva del Colegio de Ingenieros celebró el día con la inauguración de una galería con fotos de los ex-presidentes del CIV y un mensaje insulso, que pudiera ser el mensaje de cualquier año, en cualquier sitio. Me pregunto si queda algún lugar donde se reflexione sobre cuál debe ser el desarrollo del país, dónde continuar las obras que se comenzaron el siglo pasado, las grandes represas, las fábricas, las empresas de minería o de siderurgia, esas obras que fueron realizadas por la ingeniería venezolana y que ahora están en grave peligro de extinción.

Sin ir muy lejos, el lunes 29 de octubre el Ministerio del Poder Popular de Industrias “procedió a la ocupación de los bienes muebles, inmuebles y bienhechurías que conforman las seis (6) plantas industriales y los quince (15) centros de recolección de chatarra propiedad de Siderúrgica del Turbio SIDETUR”, según reza en el comunicado de la empresa. Es decir, expropiaron SIDETUR, o mejor dicho, terminaron de expropiarla, pues el Decreto Expropiatorio tiene fecha del 2 de noviembre del 2010. ¿Y qué es SIDETUR?, se preguntarán algunos. ¿Y qué tiene eso de noticia?, se preguntarán otros, acostumbrados como estamos ya a los desmanes de este gobierno. Pues bien, el caso es que SIDETUR es la filial del Grupo SIVENSA encargada de producir acero y productos laminados para la construcción. SIVENSA es (o era, ya no sé cómo escribirlo) la empresa siderúrgica privada más grande del país, la primera empresa que coló acero en Venezuela, una empresa que se formó hace 64 años y hasta esta semana fue ejemplo de la capacidad de inversión y creación de valor agregado en Venezuela.


Mi primer trabajo como ingeniero fue en la industria siderúrgica. Me llamaron de SIDOR, a trabajar en su departamento de ventas de exportación. No me importó que en lo personal no me gustaran las ventas, ni que no sabía nada de la siderurgia y sus secretos milenarios, solo tenía un entusiasmo sin límites, iba a trabajar en la empresa más grande del sector y además tenía ese orgullo inculcado por mi padre –cuya larga carrera como servidor publico nos enseñó la dicha y la honra de trabajar para construir el bien común–, de ser empleada en una empresa pública. Todavía entonces se veía a la empresa privada como un mal necesario –sentimiento que se encargaban de subrayar en las universidades, no sé si hasta el sol de hoy–, pero no puedo negar que al conocer a SIVENSA de cerca, nuestro competidor más inmediato, sentí admiración por la excelencia de sus operaciones, por la motivación de sus trabajadores y por la belleza (sí, belleza) de su infraestructura.

El oficio del trabajador siderúrgico ha sido por siglos un oficio duro, sucio, donde los obreros e ingenieros se hunden bajo el polvo de hierro, los gritos se pierden en el trueno de la chatarra que se derrite, los calores del horno imponen condiciones extremas, difíciles. La gente que trabaja dentro de las acerías lo hace no solo por necesidad, debe haber sin duda una verdadera vocación. Las coladas de acero son un espectáculo magnífico: el horno es como una gran paila de acero hirviendo; los obreros, chefs en trajes de amianto y gorros de metal, que echan con palas los distintos ingredientes, gritan instrucciones y luego se apartan para que la grúa venga a buscar la cuchara metálica y lleve la colada hasta los moldes, donde se vierte cuidadosamente. El caudal de acero líquido emula al Caroní en el parque Cachamay, un líquido incandescente que cae lleno de fuerza, listo para transformarse en tochos de donde se forjarán los tubos, en palanquillas y planchones que serán autos, cabillas, hojalata para envases, vigas, en fin todo esos productos que conforman el entramado básico de un país.

En SIVENSA ese oficio parecía otro: las plantas estaban limpias, los alrededores de las oficinas tenían unos jardines extremadamente verdes, las personas parecían de buen humor. Pero lo más impactante para mí, lo que más me llamó la atención fue la motivación del personal: todos ellos se sentían que estaban trabajando para la mejor empresa, el esfuerzo y la excelencia de cada uno en su trabajo era realmente admirable. Desde el portero y la secretaria hasta cualquier ingeniero de planta, todos sabían cuántas toneladas se habían producido, si el barco había atracado y si estaban cumpliendo con los objetivos del mes. Nunca antes había visto un equipo de trabajo integrado alrededor de objetivos de producción como lo vi en SIDETUR, en FIOR y en Orinoco Iron, todas filiales de SIVENSA.

Al leer la nota de la junta directiva de la empresa no solo me lleno de desánimo por una (otra más) empresa que se cierra, sino que me pregunto qué pasa con los ingenieros. Me hace falta la voz de los ingenieros en este país, una voz que siempre fue respetada por su solidez técnica, por su mesura y por señalar los problemas y hacia dónde estaban las soluciones. No todo es política, o politiquería. No todo son elecciones y cargos. Hace falta también que hablen los técnicos, esa especie cada vez más en extinción en nuestro país.

Este año en el que el día del ingeniero pasó por debajo de la mesa, pasará también como el año en que el gobierno dio otro golpe más a la ya herida industria nacional.



1 de noviembre de 2012

viernes, 12 de octubre de 2012

Levantarse y andar

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El domingo siete fueron los preparativos de la fiesta, había alegría, nerviosismo, una efervescencia solo comparable a un treinta y uno de diciembre, al del cambio de siglo, cuando esperamos el cañonazo con más ansias, que revienten los cohetes, que comience la celebración. Pero los cohetones que detonaron en Caracas anunciaron otro triunfo. En mi casa hubo abrazos, sí, pero de duelo; hubo gritos, sí, pero de rabia; hubo llanto, incredulidad, tristeza.

Poco a poco hemos ido retomando la rutina, cuesta levantar la cabeza y volver a internarse en la jungla, en esta Caracas que se me hace hoy tan dura, tan difícil. Pero no podemos caminar mirando el piso, como muchacho regañado, como si no existiera más esperanza que la de aguantar, o salir. Ahora es cuando se nos hace necesario levantarse y andar, fijar la mirada en un punto en el horizonte, tener una dirección, pues no hay un solo camino, hay muchos que comienzan a develarse: el camino de las despedidas, de la búsqueda de nuevos horizontes que, por ahora, no nos puede dar nuestro país; el camino de “tiro tierrita y no juego más”, que quieren propagar los que quieren ver fantasmas donde no hay; está el camino de la indiferencia, de la resignación, del abatimiento; caminos borrosos, desdibujados, que se pierden en la neblina del no saber qué hacer.
 
Estamos, creo yo, ante una encrucijada…¿Cuál camino tomo? Parecen igual de tristes, igual de riesgosos, igual de difíciles. Robert Frost, ese poeta maravilloso, escribió una vez sobre el camino no tomado, sobre la duda que nos embarga cuando los caminos se ven casi iguales. Se asomó por uno y oteó el horizonte hasta que se perdía en la espesura. Luego tomó el otro, el menos transitado, seguro de que haría toda la diferencia.

La mayoría del país decidió tomar el camino conocido, el oficial, el que me regala la casa y me da de comer, el que “me toma en cuenta”. Los que votamos por el candidato de la unidad creemos en otra manera de hacer las cosas, tenemos otra visión del país. Esa otra manera representa el camino menos transitado, el más difícil, pues significa ir por una senda desconocida, sin referencias ni asideros, donde nos toca construir nuestros propios refugios, probar qué funciona y qué no.

Este nuevo modelo de país que apenas esbozamos en estas elecciones, se merece un esfuerzo adicional de construcción. No podemos pensar que  solo con meses de tener un proyecto listo, en un casa por casa breve pero inolvidable, íbamos a poder torcer el trabajo de catorce años de este régimen. Nos movilizamos para convencer pero no fue suficiente. Ahora nos toca preguntarnos: ¿conocemos bien a nuestra gente? ¿Sabemos sus necesidades, sus sueños, sus miedos?

Cuando Mandela estuvo preso, se dedicó por treinta años, no solo a organizarse internamente, sino a estudiar a su oponente –los afrikáneres–, a hablar su lengua, a aprender su historia, sus mitos, sus costumbres, qué era importante para ellos y qué los motivaba. Cuando Gandhi dirigió a la India hacia su independencia venía de haber estudiado en Inglaterra y de haber estado preso en Suráfrica. Conocía no solo la profesión que ejercía, sino los valores coloniales británicos, sus costumbres, sus leyes, sus miedos, sus creencias. Así como conocía las de su pueblo.

Cuando escucho a la mayoría de la gente descalificar al otro por borrego, o porque recibe dinero del gobierno, me pregunto qué tanto realmente conocemos lo que está pasando en esa Venezuela profunda. Cuando uno quiere vender una idea, un proyecto, es imperativo conocer al cliente, qué le gusta, qué le apasiona. Hay que patear la calle. Henrique Capriles salió a patear la calle en estas elecciones pero, ¿son tres o seis meses, suficientes?

Creo que nos toca hacer un alto y volvernos a organizar, no dejar que esos grupos que ya están movilizados –gremios de profesionales, empleados, estudiantes, obreros– metan retroceso y sigan por otro camino, o se pierdan, o se salgan por el hombrillo. Se trata de darle coherencia a esa masa maravillosa de seis millones y medio de venezolanos que creímos y creemos en una Venezuela diferente.

Ese camino es largo, implica trabajo, esfuerzo y mucho tino. Y un liderazgo nacional claro. Que convoque a los jóvenes que participaron para que sigan organizados y produzcan proyectos para trabajar con las comunidades. Que motive a los profesionales y empleados a identificar áreas de mejora y señalarlas públicamente. Que pueda exigirle al Estado el cumplimiento de leyes, el cuidado de los ciudadanos, que reúna a los diputados con los que contamos y diseñe una estrategia para controlar, aún con las pocas cifras que da el gobierno, el gasto público, la denuncia de irregularidades, la exigencia de derechos constitucionales.

Si lo que queremos construir es un país, el proceso es lento, es un cambio de cultura, y hay que trabajar no solo para las elecciones, que son, después de todo, un reflejo de lo que se viene haciendo, sino para ver el largo plazo desde todos los ámbitos.

Tenemos de nuestro lado muchos aciertos: un liderazgo de oposición unido y con espacios para la concertación, un líder visible que estuvo a la altura del enorme compromiso que fue enfrentar al gobierno en esta elecciones, la fuerza de la juventud, el conocimiento y la preparación que tienen nuestros líderes, una sociedad movilizada.

Nos topamos con una pared, con un muro que hoy nos parece inexpugnable, pero caramba, hemos abierto grietas. Yo diría que podemos abrir hasta un boquete. Pero tenemos que levantarnos y andar, seguir organizados de cara a las elecciones de gobernadores y alcaldes, con la convicción de que, si todos nos movemos hacia nuestro proyecto, el país debería avanzar.

Seguir en nuestro empeño hará toda la diferencia…


Caracas, 11 de octubre de 2012

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Inciertas condiciones aplican


El tiempo se hace infinito cuando uno quiere que algo llegue pronto. Cuando estábamos pequeños, esperar la navidad o el cumpleaños se hacía eterno, los meses que faltaban eran tan largos que, después de lloriquear un poco para ver si estaba en manos de papá o mamá apurar las cosas, se nos olvidaba un rato, solo para que la ansiedad de la espera volviera unos días o unas semanas después, con las ganas apremiantes de tener el juguete nuevo, o de que vinieran los amiguitos a la fiesta.

En Venezuela estamos esperando las próximas elecciones presidenciales desde hace ya mucho tiempo. Hemos vivido los últimos diez años de elección en elección, de promesa en promesa; hemos visto candidatos mudarse de bando, de rol, de discurso. En cada votación a la que hemos asistido, la oportunidad de cambiar el modelo de gobierno ha ido ganado terreno: ha surgido un nuevo liderazgo político y hemos abierto espacios de convivencia en un entorno hostil, donde hasta hace poco ha privado el antagonismo entre bandos que no se reconocían entre sí, donde ganar era aplastar al enemigo, como si fuera una guerra.

Cambiar por la vía democrática significa salir a convencer, a motivar, a convocar a la construcción de un mejor país. Significa también cambiarnos a nosotros mismos. Dejar a un lado el resentimiento, ese “te espero en la bajadita” que a veces se sale de la sonrisita del que se siente ganador o poderoso; apartar la amargura, la frustración, vencer la duda y la indiferencia, el recelo de los que ya han votado y se han desilusionado una y otra vez.

Por fortuna, entre los nuevos votantes hay un gran porcentaje de jóvenes con ilusiones frescas, recién salidas del horno, capaces de soñar y ver un mundo más amable. Entre esos jóvenes está nuestro candidato, que se ha dedicado en cuerpo y alma a recorrer pueblo por pueblo para convencernos de que ese cambio es posible.

Faltan menos de dos semanas. Parece una eternidad llegar al siete de octubre, como cuando el equipo de uno está ganando por un gol de diferencia y faltan los tres minutos del descuento, tres minutos que se transforman en ciento ochenta segundos individuales e infinitos. Una eternidad por lo cerrado de la contienda, gana, no gana, gana; las encuestas son hoy las margaritas de los enamorados, me quiere, no me quiere, no sabemos si hay suficientes pétalos, si son pares o impares los números.

No son unas elecciones cualesquiera. Cuando estemos frente a la pantalla de votación vamos a marcar nerviosos el modelo de país que queremos. Tocaremos un botón, una tarjeta y ganará el que sume la mayoría de votos. La suerte estará echada, esperaremos en tensa calma el conteo de los resultados, ejerciendo como ciudadanos responsables la defensa del voto, dentro de las leyes y la normativa establecida.

Pero todavía hay que descontar los días uno a uno, cruzar los dedos para que todo vaya bien, para que los cierres de campaña sean un reflejo de lo que ha sido este proceso y que al final nos demos como país la oportunidad de tener unas elecciones limpias y un futuro diferente.

De aquí al siete de octubre, inciertas condiciones aplican.


Caracas, 26 de septiembre de 2012

lunes, 10 de septiembre de 2012

A Fernandó


Ayer se murió Fernandó. Nuestro Fernandó. El que nos hacía paellas y asopados, pato al vidrio y rosbif con salsa fernandaise, como le decía él a su béarnaise especial; el que se tomaba unos tragos y cantaba el sultán del imperio marroquí, o las canciones republicanas de la guerra civil, esa que parecía que hubiera vivido, porque era español, aunque en el fondo de su alma era francés, y venezolano, y quizá un ciudadano del mundo que soñaba, ese mundo ideal por el que se hizo anarquista, socialista, luchador militante en su juventud y en su madurez.

No soy yo quien puede escribir los detalles de su vida, mis otros amigos conocen mejor sus peripecias en la física de sólidos, sus estudios políticos, sus borracheras románticas. Para mí, él era primero amigo de mis padres, era de su generación, pero a lo largo de los años nos hemos amalgamado todos en una misma generación, unos más jóvenes que otros, vamos por la vida tomados de la mano atravesando las circunstancias, a veces tristes, a veces alegres, que se nos presentan.


Justo ahorita, el domingo pasado, el día de su cumpleaños, estábamos planificando cómo iba a ser la próxima borrachera, dónde estaba claro: allí en la casa de Fernandó, con una paella o algo más fácil para celebrar. Pero él quiso irse a celebrar con otros panas, allá seguramente también correrá la caña, estarán Manuel Caballero y Luis Alvaray, bigotones ambos, esperándolo en una barra junto con su hermano Joaca, allá también reirá y recordará solo parte de las letras y se le trabará la lengua cuando cante el sultán, o Les feuilles mortes, cuando trate de cantar Angélica te llaman a cualquiera de esos ángeles que le pasarán por un lado, tratando de agarrarle las nalgas a una nube que se esfuma y él se sonreirá, porque siempre le pasa…
 
Fernandó querido, tú que siempre me mandabas comentarios tan certeros sobre mis textos, que me ayudaban a mejorar, a ver las cosas con ojos más profundos, de más años, de lecturas diferentes. Me harán falta tus risas y tus guiños, tu insistencia en los dos besos franceses, tu seriedad en las reuniones políticas y tu sonrisa cuando te molestábamos porque no reconocías esa incipiente sordera, que ya no era tan incipiente, pero que tú se la achacabas al tono de voz de Vladimiro, a la forma de hablar de Ileana, al ruido de la calle. Siempre me buscabas para corroborar tu historia, porque a ti, mi Gucha, siempre te escucho bien, me decías.

Estamos aquí de nuevo abrazados, tomados de la mano para despedirte, para no sentir tanto este vacío que nos dejas.


La Gucha, 9 de septiembre de 2012