Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








viernes, 30 de marzo de 2012

Un canto que vence las sombras


La Universidad Central de Venezuela existe desde 1725 y fue, por casi un siglo, la única universidad del país. En 1953 inaugura su nueva sede, diseñada por Carlos Raúl Villanueva para la convivencia de la arquitectura, las artes y las ciencias. En el año 2000 es declarada Patrimonio de la Humanidad.

En los últimos tres años se han documentado más de 50 agresiones a sus instalaciones.


Apenas amanece.

5:45 am Llega a la universidad un grupo de estudiantes encapuchados, listos para hacer una “operación militar”. Contra sus pronósticos, ya hay varios estudiantes y empleados en la facultad. No va a ser tan fácil.

5:50 am Marta no puede dormir, el concierto que va a cantar esa noche la tiene emocionada. Se para más temprano de lo normal y se pone la ropa para salir a trotar.

5:50 am Los encapuchados temen por la posible falla del operativo, así que comienzan de una vez: revientan bombas lacrimógenas y cierran el libre paso a las instalaciones de la Facultad de Economía.

5:55 am Raúl da otra vuelta en la cama. Despierto, con los ojos cerrados, vuelve a repasar las canciones que dirigirá con el Orfeón esa noche. Sabe de memoria cuáles pueden ser las fallas, dónde tiene que prestar más atención, a quién acudir para que apoye al resto de la cuerda. Son muchos años dirigiendo coros…

6:10 am Los estudiantes que están en la facultad se reúnen y llaman a los  representantes del Centro de Estudiantes recién electo.

6:15 am Marta trota con el Ipod puesto, repasa una vez más el solo que va a cantar en el concierto. Es una de las muchas piezas emblemáticas del programa que celebrará la reaparición del Orfeón Universitario, después del accidente de Las Azores.

6:30 am Los encapuchados alegan que esa es una “operación democrática”. Exigen, con bombas y granadas, que el voto de profesores y estudiantes tenga el mismo valor para la escogencia de las autoridades rectorales.

6:45 am Raúl salta de la cama a la cocina y pone agua a hervir. Saca del estante las cajas de té de varios sabores: ya no es época de café ni del cigarrillo mañanero, aunque hoy, por primera vez en mucho tiempo, le provoque uno.

El Aula Magna está por fin lista para reabrirse. Sabe lo que le costó a la universidad conseguir el dinero para hacer el último mantenimiento, sobre todo después de que un grupo de violentos causaron un incendio y daños graves a las instalaciones. Vierte el agua en el jarro blanco, un poco astillado, que usaba antes para tomar café, como para colar un olor inexistente, para no perder la costumbre.

Media mañana.

Estudiantes y profesores rechazan la toma. Se forman dos bandos. Comienzan dimes y diretes, un par de bombas más, unos cohetones.

Marta llega a la facultad y se encuentra con que no puede entrar a clases. Llama a sus compañeros del coro. Hay que llamar al director.

Raúl escucha las noticias y hace unas cuantas llamadas. Todavía hay tiempo. Se niega a suspender el concierto.

Se presentan las autoridades, la rectora y el vicerrector. No hay negociación posible. Sigue la violencia
Media tarde

Tomistas, estudiantes y periodistas están en un callejón sin salida. Nadie cede.

Marta regresa a su casa, preocupada. Inhaló gas lacrimógeno y ahora no sabe si va a poder cantar.

Raúl prende un cigarrillo y lo vuelve a apagar. Ya no fuma, no más. Espera.


Esta casa que vence la sombra…

5 pm. Las autoridades anuncian el retiro de los encapuchados. Los estudiantes aplauden, cantan el himno nacional y acomodan otra vez los pupitres en las aulas.

Hoy se pone su traje de moza…

Entre algunas de las piezas más importantes presentes en la Universidad están las Nubes Flotantes de Alexander Calder, murales de Victor Vasarely, Wifredo Lam, Fernand Léger, y esculturas de Jean Arp y Henri Laurens.

Marta se viste con el traje de gala: un taller de un rojo alegre, diferente. Toma un té de jengibre y siente como la voz le vuelve al cuerpo.

Raúl entra en la ducha. Afuera, su esmoquin, su camisa blanca y una pajarita negra están perfectamente planchados sobre la cama.



 Himno Universitario (link) 

con un canto infinito de paz
nuestro mundo de azules boínas
os invita su voz a escuchar

7:30 pm. La gente llega tímidamente. Con todo el día de alarma por tomas y bombas, nadie tenía claro si el concierto se iba a dar.
8:00 pm Lleno total del Aula Magna. El Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela celebró su reaparición un 27 de marzo hace treinta y cinco años, después de un accidente aéreo donde murieron todos sus integrantes. Celebró que, a pesar de los cambios generacionales, la institución permanece. Celebró que, a pesar de las agresiones, las sombras se vencen con un canto infinito de paz.


 29 de marzo de 2012

lunes, 26 de marzo de 2012

La vida no vale nada



Cerré el periódico con esa sensación de impotencia que causan las noticias tristes, las muertes absurdas que se pegan unas a otras. No pude evitar estremecerme ante los detalles del secuestro y muerte de Libero: la tortura, el tiro en la cabeza.

Me vino a la memoria la cercana muerte de Karen, la hija del cónsul chileno e imaginé la angustia de su hermano cuando iba en el carro con ella, al verse interceptado por hombres sin identificación. Seguramente pensó que era un secuestro, otro más, y decidió retroceder, huir para no caer en las múltiples trampas que suelen tender los maleantes. La policía disparó varias veces, no sé cuantas. Otro tiro en la cabeza.

Recordé otros secuestros, más afortunados quizá, donde las víctimas sobrevivieron a pesar de la violencia de sus victimarios; el más reciente de ellos un cantante conocido: un tiro en la cabeza lo mantiene bajo cuidados médicos.

Hoy lloré por una víctima del hampa a quien ni siquiera conocía. No quise ver las fotos del periódico, pues esas imágenes se graban después en forma indeleble: la cara sonriente de la muchacha universitaria recién asesinada, la cara llena de seguridad y fuerza del manager de música, la cara tapada por las manos angustiadas de la madre, o de la novia, el semblante de impotencia del padre.

Se unen las historias de violencia en un solo río de sangre, en un cauce de inseguridad, de acoso, de salvajismo. Los robos y los secuestros se suceden a toda hora, el carro interceptado, la pistola que apunta la cabeza, la voz que amenaza con sed de dinero fácil, con resentimiento gratuito, como si la víctima tuviera la culpa de algo. En los tiempos antiguos apremiaban por la bolsa o la vida, había algún chance de sobrevivir, de que capturaran al delincuente, de que las cosas volvieran a la normalidad. En la Venezuela de hoy, pareciera que la vida no vale nada.

Caracas, 24 de marzo de 2012

martes, 20 de marzo de 2012

Pesadilla entre dos banderas


Hace rato que apagué la televisión y todavía tengo en la retina la imagen del Presidente sentado en un despacho flanqueado por dos banderas, la de Venezuela y la de Cuba. Como en los sueños, veo que mueve la boca sin poder escuchar qué es lo que dice, como si estuviera debajo del agua.
 
Prendo otra vez el aparato y todavía está el presidente hablando, subo el volumen pero no oigo nada, siento que me falta el aire, las manos me comienzan a sudar, me acerco pero no, no escucho lo que dice, no puedo entenderlo ni siquiera a esa distancia. Parece un muñeco, alguien le mueve los brazos, manotea, luego se queda tranquilo. Respiro, trato de concentrarme y lo veo boquear, mueve los labios cada vez mas lento, pero ninguna de las palabras se parece a lo que conozco, a ningún idioma o vocabulario.

Entra otro hombre, creo que es de Colombia, le sonríe a las cámaras y se sienta de espaldas; después de un rato se vuelve a parar y nos anuncia, como si fuera un comercial, que la semana que viene tendremos a nuestro presidente de regreso, se cepilla los dientes con una pasta blanca que dura doce horas y nos muestra una sonrisa nueva, reluciente. Luego se va caminando hacia atrás mientras saluda a su mamá, y nos dice que todo está bien. 

La sangre me late en las sienes, siento la cabeza pesada, trato de hablar, de llamar a alguien y a mí tampoco me sale la voz. Cierro los ojos y sigo viendo las banderas: la nuestra tricolor, las rayas y la estrella inconfundible de la bandera cubana.

La mano blanca de uñas rojas y largas de mi abuela María Teresa me zarandea hasta que me despierta: “-Niña, vaya busque papel de aluminio, que la radio no se oye.” Salgo corriendo a la cocina y se lo pido a mi bisabuela; ella, con parsimonia, camina hasta el estante donde guarda la caja con pedazos doblados y alisados, listos para volver a usarlos en momentos como ese. “-El papeeeel” grita María y yo vuelo por el corredor hasta su cuarto. Logra hacer un rollo para alargar la antena y se sientan mi papá, mi tío Fucho y ella, en su cama, mientras que yo me voy al banquito de la peinadora y me pongo a jugar con las pinturas de labios, invisible como nos hacemos los niños cuando los adultos están concentrados en cosas de adultos.
 
Se oye un pito agudo y mucho ruido, mueve el dial y sintoniza una voz que recita un discurso: el hombre pronuncia unas frases que suben hasta llegar a un agudo máximo, la gente aplaude, luego baja dos, tres tonos, explicando cosas que no entiendo. Es Fidel, shhhh, dice algo importante, habla y habla, mi tío y mi papá intercalan comentarios mientras María los manda a callar: ¡…el imperio nos obliga… fusilaremos a los gusanos… traidores… venceremos!!! Aplausos. Los adultos discuten mientras yo me pinto la boca con el color más fuerte y me veo en el espejo.  

Suena el himno de Radio Habana Cuba, el mismo que sonaba en esa casa de La Pastora hace más de cuarenta años. Abro los ojos. No sé dónde estoy. Al fondo, en la televisión suena algo conocido, creo que es el himno de Venezuela. Ahora se ve el presidente firme entre dos banderas, parece que se monta en un avión, parece que regresa.  


Caracas (o La Habana, ya no sé…) 18 de marzo de 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

Ya no hay tiempo para ser Penélope



Quizá un día como hoy, hace noventa años mi bisabuela se paró con una determinación. Esta vez sí lo haría, se iría a trabajar a Lagunillas, podría dejarle las niñas a su amiga Matilde. Coló el café, se sirvió en un pocillo y tomó un sorbo largo. Era mucho pensar, muchos años de esperar por ese hombre que no regresó, que no escribió, del que no supo más. “Todos los hombres son iguales  -me decía muchos años después, con su voz ronca y su acento andino-, si consigue uno la mitad de bueno que su papá, cásese, que como él no hay”. Lo cierto es que esa mañana decidió que no quería seguir esperando. Bajó la lata que escondía en el estante y contó los reales guardados. Era suficiente para el pasaje y algo más. Matilde se encargaría de las niñas, se repitió, como un mantra.
Mi bisabuela

María Teresa no era de esas que se quedaría a esperar a ningún enamorado, no señor. Se fue a vivir con el prefecto, primero en Lagunillas y luego en la pensión que le montó en Caracas. Ella era, desde que nació, una mujer determinada, dueña de su destino. Trabajaba en la calle mientras su mamá se ocupaba de la pensión, aprendía de política y de modas, iba a fiestas con sombrero y guantes y se mandaba a hacer los vestidos con su amiga MaryCarmen, la catalana que llegó a Venezuela con su marido, después de esa guerra tan triste, la de España. Aprendió a manejar y violaba casi todas las reglas del tránsito en la ciudad, hasta que le quitaron el carro a los ochenta años, bajo protesta, claro, porque ella tenía un Título de manejar, que no se vencía!

Mamá fue, en cambio, la niña mimada: no tenía que hacer nada en la cocina ni en la casa, para eso estaban ellas, su mamá y su abuela. Gisela estudiaría y sería una profesional, una verdadera mujer emancipada. Y así lo fue, profesora universitaria, militante política, amante del arte y de la música clásica, directora de un colegio para niños sordos y mamá de una camada de cuatro.

Doña Amelia
Por otra parte, mi abuela paterna, Doña Amelia, fue esposa y ama de casa desde los quince años. Se casó con un hombre veinte años mayor que ella, viudo de su tía, y le crió los dos hijos que eran sus primos, además de otros cinco que tuvo con él. Pronto quedó sola como Penélope, al frente del pelotón de muchachos, porque a él –llanero de Sabaneta, altanero como otros– lo metieron preso por haber matado a un hombre que le había faltado el respeto. Lejos de ponerse a tejer cobijas, Doña Amelia se arremangó el vestido aún más e hizo del cariño y del trabajo en equipo sus banderas para salir adelante. Así, Amelita dejó los estudios a los doce años para trabajar en un juzgado de Barinas y papá repartía los dulces y el pan de horno cuando salía del liceo. Con el tiempo, la escasez de hombres hizo que esa casa se llamara la casa de las Alvaray, pues tío José Luis se casó temprano y papá se vino a Caracas a  terminar el bachillerato. Cuando mi abuelo volvió, como Ulises de su aventura, los papeles estaban invertidos.

Todas estas historias coinciden con más de un siglo de luchas por la emancipación de la mujer en el mundo. Han habido cambios, quien lo duda, en lo personal, en las familias y en las sociedades. Quedan, por supuesto, reductos importantes donde por razones culturales, religiosas y hasta económicas, se mantienen prácticas de sometimiento a la mujer que en nuestros países resultan impensables.

De manera que este día no es un día para darle un besito a la mamá, o a la amiga, sino para reflexionar sobre cuales son nuestros retos del futuro. Si las mujeres ya no somos integrantes de segunda en la sociedad, debemos dejar de tener la voz de víctima y pasar a tener un rol de mayor liderazgo, no solo en la lucha del poder, sino en el señalamiento de nuevos caminos.

No se trata de tomar las posiciones que tenía el hombre y desplazarlos, o de que aboguemos porque digan compañero y compañera, o que terminemos siendo las súper-mujeres, que se cargan con las cosas de la casa, del trabajo y de la familia, mientras afuera hay una camada de hombres “solteros”, con hijos de fines de semana, que no consiguen (o no buscan) el espacio para reintegrarse y ser útiles en la formación activa de los hijos.

¿Qué cosas podemos plantearnos como pareja para cambiar la forma de llevar el hogar? ¿Cómo podemos dirigir las empresas de manera que todos -hombres y mujeres- seamos productivos y a la vez ambos podamos atender a los hijos? ¿Qué cosas tenemos que revisarnos como personas para darle realmente prioridad al trabajo en equipo? El día de la mujer llama a una revisión integral de los roles, de los valores, de los objetivos que perseguimos tanto los hombres como las mujeres.

Mi bisabuela se fue a Lagunillas porque decidió en ese momento que ya no había tiempo para ser Penélope. Doña Amelia nos mostró que la familia puede construirse con el trabajo de todos, independientemente del género. Nos toca a nosotros tomar lo que nos sirva de esas experiencias y buscar otras respuestas, que se parezcan a lo que vivimos ahora, en nuestro siglo.


8 de marzo de 2012

lunes, 5 de marzo de 2012

Obra de arte o realidad


En los días de carnaval tuve la oportunidad de visitar uno de los museos más importantes a nivel internacional: el Museum of Modern Art, en Nueva York. Ahí vi una escultura que me llamó poderosamente la atención. Pensé, por lo que representaba, que la había hecho un venezolano. Era como la parte delantera de un carro chocado, de esos que el seguro da como pérdida total: el capó doblado, el chasis retorcido, la rejilla como una lengua afuera. Lo que más me llamó la atención es que estaba pintada con los colores de la bandera, en el exacto orden amarillo azul y rojo que aprendimos desde niños. Donde van las estrellas estaba clavado el parachoques plateado, reluciente como una espada.

Nunca una obra de arte me pareció tan alegórica. Es como si el artista hubiera entendido nuestro entorno, nuestra rutina diaria. Me imaginé cada golpe como los que recibimos cada vez que abrimos el periódico: la contaminación del río Guarapiche en Monagas, las miles de toneladas de alimentos que otra vez se pudren en Puerto Cabello, la merma en la producción de la mayoría de las empresas del Estado.

Nuestra retahíla de problemas nos deja en el alma una huella como la que dejan los golpes: la piel hinchada, morada, dolor interno. No hay un solo titular que tenga algo positivo, ni en la prensa ni en nuestro día a día: que el metro se paró en Caño Amarillo y la gente no va a llegar a tiempo al trabajo, que los obreros de una empresa en Guayana tienen ya mas de tres semanas encadenados en las puertas reclamando sus prestaciones, que le dieron un tiro en la cabeza a un cantante, o que mataron a alguien conocido.

Caminamos por las calles, vemos un hueco y nos preguntamos si será tan difícil mantener el asfalto medianamente nivelado, buscamos un medicamento con la certeza que vamos recorrer al menos cuatro o cinco farmacias antes de conseguirlo, hacemos el mercado pensando de antemano dónde encontrar lo que no esté en los anaqueles. Buscamos la solución del problema del día mientras hacemos mentalmente el ejercicio de compararlo con un estándar interno de lo que debería ser, o mejor aún, lo que pudiera ser.

Por eso esa imagen de país chocado me impactó tanto. La escultura en cuestión no la hizo un venezolano, pero representa tan perfectamente lo que vivimos, que sentí la necesidad de describirla, de compartirla. Porque al ver a mi alrededor me pregunto si el país todavía puede salvarse, o si ya pasamos a pérdida total.

En cualquier caso, para levantar al país, vamos a tener que hacer mucho más que latonería y pintura. Vamos a tener que sacarle golpes a las instituciones, enderezar procedimientos, comprar equipos nuevos, reconstruir lo que sea posible, entrenar a la gente. Y hay que estar preparados.

Caracas, 2 de marzo de 2012

viernes, 24 de febrero de 2012

Lentes nuevos para el país posible

 
Hace unas pocas semanas leí en la prensa que se murió el Doctor Francisco Belisario Navarro y recordé de inmediato cuando mi abuela me llevó al consultorio de un señor viejo y serio, que me iba a examinar para ver si los dolores de cabeza eran de la vista. “Claro, doctor, ¡es que esa niña se la pasa leyendo!”, le dijo mi abuela, como si yo fuera la culpable de mis males. Antes, mientras esperábamos afuera, la oí decirle a una señora que ese Belisario era una eminencia. A mis diez años no sabía todavía que significaba ser una eminencia. Solo supe en ese momento que el doctor me midió la cara, me puso unos lentes raros y ponía y quitaba unos cristalitos hasta que en la pantalla donde él decía que habían letras aparecieron unas garrapatas que se transformaron en A P Z B, como si el doctor fuera un mago que lograra hacer salir cosas de la nada.

Más tarde, cuando me dieron mis lentes, descubrí no solo la caligrafía nítida de mi maestra, sino que las manchas negras en el cielo eran realmente pájaros, y que de verdad -no solo en los libros- había estrellas en la noche. Ese señor Belisario quizá no se imaginó -o seguramente que sí y por eso había escogido esa profesión- cómo me cambió la vida después que tuve mi primer par de lentes. Pasé a ser una persona con doble personalidad, una especie de Clark Kent pero al revés: con lentes tenía superpoderes y mi fragilidad se escondía detrás de ellos.

Con los años descubrí que el Doctor Belisario, a la par de construir una clínica privada de alto nivel como lo es hoy la Clínica para Enfermedades de los Ojos, en el año 84 fundó junto con su esposa el Instituto Popular para los Ojos, dirigido a atender a la gente de menores recursos. Esa iniciativa siempre me llamó la atención, pues combinaba la atención a una población desprotegida por el colapso de los servicios públicos en el país, con la creación de un centro de investigación y docencia que hoy en día es reconocido como modelo de atención médica integral a nivel internacional.

El doctor Belisario no esperó que el gobierno le diera dinero para fundar una clínica y tener un impacto mayor sobre una población de bajos recursos. Todo lo contrario, su labor como ciudadano consistió en crearse un espacio para contribuir a mejorar las condiciones de vida de sus vecinos, de su ciudad, de su país. Esta forma de entender el ejercicio de la propia profesión es en sí mismo un ejemplo a emular, que nos podría servir como base para hacer los cambios que requerimos como sociedad, no solo en el sector de la salud sino en otros sectores.

¿Se imaginan si pudiéramos canalizar el esfuerzo de nuestros ingenieros, médicos, odontólogos, en empresas similares? Que la sensibilidad social no sea monopolio del Estado, o de algunos en el gobierno que quieran transarla permanentemente por votos. El doctor Belisario nos mostró un camino viable para contribuir de manera activa al mejoramiento de la sociedad. El mejor homenaje que podemos hacerle es usar esos nuevos lentes para ver el país posible, ese que podemos reconstruir.

Caracas, 23 de febrero de 2012

viernes, 17 de febrero de 2012

Así provoca…

…salir a la calle y ver a la gente con otra cara, distendida, sonriente. El lunes, cuando venían Pedro y Carmen a trabajar en mi casa, hubo el usual congestionamiento en el metro, los mismos estropicios que se han hecho normales para los usuarios, los trenes parados. Esta vez, me cuentan ellos,  los pasajeros esperaban pacientemente, pues había una diferencia: la espera ahora tiene fecha.

Cuando llegaron a mi casa su entusiasmo era inocultable. “No, señora Angélica, eso no es todo: pa octubre hay más.” ¿Y eso?, pregunté con curiosidad. “Fíjese por ejemplo, mi mamá y mi hermana están en un refugio porque perdieron la casa con las lluvias, y las amenazaron, que si por asomo las veían en la cola para votar, las iban a borrar de la lista para la casa. Usté sabe, uno tiene que esperar porque la casa es la casa, pero ellas van a votar en octubre, eso sí.”

Sí, la casa es la casa. Todo este tema de la vivienda ha sido uno de los problemas más álgidos y más politizados de la agenda de este gobierno. La invasión a la casa es ya un ataque personalizado, es la violación del espacio individual en lo mas cercano. La casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz, nos recuerda Gastón Bachelard. Y por eso la defendemos a capa y espada, por eso soñamos con ella cuando la perdemos, por eso nos callamos para protegerla y nos volvemos unas fieras, también para protegerla.

Durante estos últimos años hemos sabido de robos, de expropiaciones y de pérdidas por inundaciones. Las víctimas se han hecho sentir a su manera, poniendo rejas y alarmas en unos casos, reclamando sus derechos en otros, inscribiéndose en las misiones del gobierno que otorgan viviendas, en los demás. Pero lo cierto es que todos buscamos un hogar donde podamos soñar, donde podamos descansar y sentirnos seguros.

Por el sueño de ese hogar, de ese país que es Venezuela, tres millones de venezolanos salimos a votar el domingo. Para reconstruir la casa y hacer habitaciones nuevas, donde quepan todos. Para demoler las cloacas que ya no sirven y montar sistemas nuevos que se lleven la podredumbre, la enfermedad y la desidia. Esas casas serán nuestro nuevo refugio. La casa es nuestro rincón del mundo, y ese rincón es el que comenzamos a arreglar el domingo. Salimos a votar desde un gran numero de ciudades, a decidir qué queremos para el futuro. Salieron los jóvenes, que sonreían y gritaban con júbilo al ver un triunfo que también les pertenece. Y, como me decía Pedro, falta que hablemos todos los que queremos un futuro diferente. Pero eso ya vendrá, para eso nos tocará seguir trabajando. Mientras tanto, me provoca parar de escribir y salir a la calle, a ver otra vez la sonrisa de la gente.

Caracas, 15 de febrero de 2012