Las palabras griegas, que nos han dado tantas raíces, nos prestan a kalós, bello; éidos, imagen; scopéo, observar; para formar el Kaleidoscopio que es cambio, imágenes dinámicas, diferentes, impresiones personales sobre el mundo.








viernes, 12 de marzo de 2010

Calina

No me puedo imaginar el valle de Caracas como me lo cuentan, con una calina espesa que apenas deja respirar, con treinta y seis grados de temperatura, con un incendio que se apaga y otro que comienza en algún rincón del Ávila. Busco en mi archivo y consigo la foto mejor, esa que muestra la montaña verde, el cielo azul, algunas nubes adornando para que no parezca una postal, para darle un aire real, de ciudad de verdad.

Pero también son verdaderos los incendios, las invasiones, las talas. Para comprobarlo, basta asomarse al balcón y ver como crecen los ranchos en su falda. Basta con sentir el humo en la cara, el calor pegajoso, como si estuviéramos en otro lugar que no es este valle. Basta con leer la crónica de la invasión a la finca de los Quintero en Caruao, al otro lado de la montaña, un ejemplo que nos llena de tristeza.

La calina se cuela en el ánimo caraqueño, se adhiere a la piel, embota el pensamiento. Hace que se peleen rojos con rojos, azules con azules. Que peleen precisamente los que no deben pelear, no ahora. No podemos dejar que el humo no nos deje ver el horizonte. Pudiera pasar que esta sea la peor sequía en décadas. Pero hay que tomar medidas para dejarla atrás. Hay que dejar viejas rencillas, buscar nuevos caminos. Si no lo hacemos, estaremos construyendo un infierno permanente.

11 de marzo de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

El desarraigo imposible


Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas.

(fragmento) Constantino Kavafis

Robo el título de uno de los artículos del reciente ganador del premio Arturo Uslar Pietri de novela, Eduardo Sánchez Rugeles. Eduardo es uno de los miles de jóvenes que han hecho sus maletas y se han ido del país, buscando otras oportunidades, o sencillamente huyendo de la inseguridad, del alto costo de la vida ─que se multiplica para un joven recién graduado─, de la falta de perspectivas.

La diferencia es que Eduardo es un exiliado desde hace ya mucho tiempo. Porque hace ya mucho tiempo que quería ser escritor. Porque los escritores se van aislando, van tomando perspectiva, para poder escribir sobre lo que más sienten. En ese sentido, aprender a escribir es una suerte de exilio. Es un viaje al centro de los recuerdos, de las memorias, una exploración existencial, hacia lo que soy, o lo que quiero ser, o lo que quiero decir. Y en ese viaje muchos se pierden, se deprimen, regresan abatidos, derrotados, o lo que es peor, mudos, sin poder expresar sus ideas. En esa frontera con el abismo, se quedan algunos alcoholizados, narcotizados, evadiendo en el fondo enfrentarse con esa nada que los envuelve.

Eduardo, en cambio, ha logrado salir airoso de su búsqueda primera, con el éxito que solo da el trabajo, la perseverancia y el saber que ese es el camino pasional, y que vale la pena arriesgarse a seguirlo. Su novela, Blue Label/Etiqueta Azul, ganó la primera edición del premio literario Arturo Uslar Pietri, concursando con otras cien entradas de catorce países, de escritores con más experiencia quizá, con obras publicadas.

Y ha llegado de regreso a la orilla de su exilio, aceptando sus raíces, hablándole a sus alumnos como lo hace Kavafis en su poema, como si Ulises le soplara al oído a un nuevo viajante a través del tiempo:
“En estos años he podido conocer el mundo y el mundo, la verdad, no ha logrado seducirme. Todo se ve mejor en las postales. Cuando atraviesas una calle cualquiera te das cuenta de que todo se parece. Es bueno viajar, Felipe, viaja, camina, agarra un mapa y lárgate a recorrer lugares extraños. En cualquier lugar verás lo mismo: gente. Y el venezolano, a fin de cuentas, maldito o no, no es más que gente.”

No somos más que gente. Gente que ama a su país, que sufre, que le duele lo que pasa. Y que se llena de orgullo cuando un joven triunfa en el exilio. Porque la gente de Ítaca necesita esas buenas noticias, que renuevan la esperanza.

5 de marzo de 2010

Milicias venezolanas

El domingo salió en El Nacional una foto de esas que no necesita palabras: un grupo de hombres ─en la foto se ven como tres mujeres, si buscas bien─ uniformados, disfrazados de milicia, con sombreros de cogollo, trajes militares y una estrella roja. Formaban parte de la comparsa que acompañó al presidente a develar una estatua de Ezequiel Zamora para conmemorar los 151 años de la Guerra Federal. Apoyaba la firma del ejecútese de la Ley de Consejo Federal de Gobierno, que transfiere los poderes, hasta ahora en manos de los gobiernos estadales y municipales, a las organizaciones populares.

Lo grave de este montaje, que parece si se quiere una obra de teatro de colegio de primaria, es que no es juego. Toda esa gente estaba armada con fusiles FAL, que empuñaron para la foto. Claro, en la formación se percibe un ligero desorden, como si todavía fuera el ensayo general, algunos se ríen, otros voltean para otro lado, los de más allá no escucharon la orden y están de espaldas hablando con sus vecinos. Pero así se comienza. Esta gente empuña el mensaje de la violencia, de la negociación con armas en la mano, de la intransigencia. Hoy se ríen y se dan codazos en las escalinatas de El Calvario, mañana no sabemos que van a hacer con esos fusiles, a quién le van a disparar.

Hoy amaneció el Estado Táchira con un gobierno paralelo. Un Consejo Revolucionario de Gobierno, que tendrá el presupuesto que no le han transferido al gobernador electo. No sabemos si estos grupos de milicias serán los que lo defiendan. Lo que si sabemos es que este es un paso más hacia la anarquía que se está implantando aceleradamente en todo el país. Y con armas no se juega.

25 de febrero de 2010

A la luz de una vela

A Luis Alvaray

Cierro la computadora y me sirvo un trago. Me voy a la sala y me siento frente a la foto de ese ingeniero electricista que fue mi padre. Que me enseñó a amar esa profesión como forma de trascender, de trabajar tesoneramente en el bienestar colectivo, como él mismo lo decía, en uno de sus escritos. El whisky que me sirvo está un poco fuerte. Pero siento que lo necesito así, necesito que ese líquido amarillo, ese sabor a madera vieja, a barril añejo, me recorra las entrañas, me adormezca un poco esa sensación de impotencia que me abruma.

Acabo de leer las noticias que propagan la llegada de Ramiro Valdés, Vicepresidente del Consejo de Ministros cubano, Ministro de Telecomunicaciones, que viene en calidad de experto en el sector eléctrico, como el asesor que busca el gobierno para solventar nuestros problemas. La ira me sube a la cabeza. Busco por Internet el perfil del susodicho: es el experto en destruir al país, dice Boccanegra, es el verdugo de Cuba, le apodan muchos de los artículos, es un Comandante de la Revolución, grado militar honorífico que le dan en su tierra. No salgo de mi asombro.

No puedo creer que el gobierno se haya atrevido a tanto. Pero por otra parte, sigue siendo coherente con lo que viene haciendo. Sigue tratando de sembrar el caos en el país, de amedrentar a los estudiantes para que paren las protestas, de descolocar a la oposición para seguir atornillado en el poder, que sabe que está tambaleando, justamente por la incapacidad de gobernar, de dar un servicio mínimo a la parte de la sociedad que lo ha venerado tantos años.
Crecí amando la Revolución Cubana, para aprender como adulta que era solo una quimera, una farsa. Que esos ideales maravillosos ocultaban una forma de fascismo, un gobierno corrupto, un deseo de seguir en el poder por el poder, y que el pueblo cubano de ninguna manera se beneficiaba con ello.

Veo la foto del ingeniero electricista y me pregunto qué pensaría de todo esto. Él, que trabajó tanto por el desarrollo de este país, desde la gerencia pública, asumiendo posiciones coherentes siempre con sus valores. Que pensaría hoy, al ver que un extranjero con las manos manchadas de sangre viene a asesorarnos en materias supuestamente técnicas.

Me termino el trago y busco en el armario hasta que consigo una vela, pequeña, que coloco frente a esa foto que me mira. Prendo la vela y la computadora simultáneamente y vuelvo a mi trabajo. Algo podremos hacer. Siempre hay un camino, dice la foto a la luz de la vela.

5 de febrero de 2010

Estudiantes…La fuerza!



Los jóvenes de todos los tiempos son los que, por excelencia, han opuesto resistencia a los dictadores, a las acciones que tratan de silenciar, de ahogar sus reclamos, sus derechos. Basta recordar el Mayo francés del 68, o el movimiento juvenil de Estados Unidos, que se levantó contra la Guerra de Vietnam; la matanza de los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, México, o la de la Plaza de Tian'anmen en el Pekín de 1989, donde murieron más de seiscientas personas y hubo más de diez mil heridos.

En Venezuela, después de la famosa “generación del 28” y de los movimientos asociados a las guerrillas de izquierda de los años 60, los jóvenes habían permanecido al margen de la vida política del país. Hasta que, hace tres años, despertó un movimiento estudiantil que parecía inexistente, dormido. Dos generaciones de venezolanos nacidos y criados en democracia han sido el germen de esta resistencia. Esta nueva generación de valientes muchachos saben lo que pierden, si dejan que se siga cerrando el cerco sobre las libertades individuales sin dar la cara, sin decir un “Basta!” firme, decidido.

Estos muchachos no necesitan la violencia. Saben que están señalando los verdaderos problemas del país, y están exigiendo soluciones. Han logrado renovar su liderazgo, siempre estudiantil, siempre plural, dando espacios a todas las universidades, a todos los géneros. Sus caras frescas, su firmeza, su convicción de que están luchando por la democracia en tono de paz, por un cambio donde todos podamos vivir tranquilos, construyendo un mejor futuro, es suficiente para plantarse ante la fuerza bruta de la Guardia Nacional, de la Policía Nacional y de todos los cuerpos represivos.

El gobierno embiste cada vez con más saña sobre ellos. Basta ver los tanques que sacaron para reprimir las protestas en Mérida, en Caracas, en Táchira. O los dos muertos en Mérida. O los perdigonazos que cegaron a dos estudiantes en Anzoátegui y que han herido a decenas en todo el país. O la foto de El Nacional de hoy 28 de enero, donde en el primer plano sale el cuerpo de un GN, agarrando con la mano derecha una cadena que termina en una suerte de ancla marina, hecha con cabillas dobladas, para fustigar a cualquiera que trate de pasar la barrera. Al fondo, los estudiantes sentados en la calle, mostrando sus manos blancas.

Nos toca a nosotros salir a respaldarlos en todos los ámbitos. En los partidos, reforzar aún más esa unidad que ya está en marcha, esa fuerza que poco a poco se está logrando a todo nivel. En los gremios profesionales, señalando cada uno en su especialidad lo que no se está haciendo adecuadamente, lo que hay que remediar, lo que falta por hacer. En las universidades y colegios, apremiando los cambios posibles. En nuestra vida cotidiana, acudiendo a los centros de la comunidad organizada. En la calle, apoyando sus marchas.

Es necesario que hagamos un esfuerzo desde donde estemos, dentro y fuera del país. Porque cuando los jóvenes toman la bandera señalando caminos, todavía hay esperanza de cambio.

28 de enero de 2010

A la Divina Pastora

La Virgen es la única imagen femenina que el severo código religioso nos dejó para venerar y amar abiertamente. Las mujeres hemos heredado sin pedirlo ese ícono, ese arquetipo de madre amor, madre incondicional, mujer pura, mujer santa, madre que todo lo puede. Nos movemos entre la exigencia ancestral de tratar de llenar ese ideal imposible y lograr aceptar sencillamente ser esa persona con defectos y virtudes, llena de bellezas y de fallas, que somos.

Siempre me ha llamado la atención la cantidad de imágenes distintas que representan a la Virgen en nuestra cultura. La Virgen de Guadalupe en México, la de Fátima en Portugal, la Almudena en Madrid, la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, la Virgen del Carmen, la Milagrosa, preferida por mi abuela Amelia, en fin, todas esas vírgenes que hemos visto y escuchado, en rezos o en cantos, y que llenan nuestro arsenal de historias y leyendas, de cuentos de amor y de fe.

Una cosa en común tienen esas historias, y es la de efectivamente llenar de paz y de aliento al creyente, al que le pide con devoción que su manto lo proteja de todos los males. Y esa convicción, esa esperanza de salir adelante, lo hace atravesar dificultades, caminar distancias insalvables, salir airoso de enfermedades incurables.

De todas esas leyendas, la de Florentino, en su contrapunteo final contra el Diablo, llama mi atención en este momento, pues él acude no solo al Santo Niño de Atoche, sino a una retahíla de vírgenes para que lo protejan y lo acompañen en ese trance difícil, de vencer la oscuridad, de llegar vivo a la luz del amanecer. Y lo logra.

Ese Florentino, tantas veces usado por nuestro gobernante, hoy se le revierte. Hoy, cambiamos los papeles. Florentino somos todos. Nos ha tocado vivir en este mundo en tinieblas, lleno de incertidumbre. Valga este escrito breve para tomar de la mano a mis antepasados y unirme desde aquí a la enorme procesión que ayer comenzó a pasear la imagen de la Divina Pastora, para pedirle que nos ilumine a todos, y que nos señale con su luz el camino para salir adelante.

15 de enero de 2010

Geografía del desastre

Una de las cosas que más impacta al llegar de un viaje, corto o largo, es el proceso acelerado de marginalización del país. No son solo los ranchos, que están creciendo hasta en El Ávila, sino la basura, la falta de luz, de agua, de servicios hospitalarios adecuados, los vagos en la calle, los huecos, los escombros, en fin, un nivel de deterioro impresionante en todo sentido. Lo peor es la sensación de normalidad con la que todos vivimos ese proceso, la forma que nos movemos entre los robos y la inmundicia, y la desidia para cambiar lo que está sucediendo.


En estas navidades fui a Barinas, y el día que llegué había un corte de luz, cotidiano por demás, que duró esa vez unas tres horas. Durante ese período no solo no había electricidad, sino que, lo que es peor, no había agua tampoco, pues el bombeo se detiene. Solo el que conozca Barinas, o Puerto Ordaz, o por supuesto Maracaibo, puede saber el impacto de lo que eso significa. Los chorros de sudor comienzan a caer y el sopor no deja pensar ni hacer. Mis tías, ya acostumbradas al evento, se quejaban resignadas. Si fuera como lo que pasó antes en otros países, al menos le decían a la gente cuando le iban a cortar la luz y por cuanto tiempo, pero aquí no se planifica nada, decían.


El 24 de diciembre a las doce de la noche me quedé con el cuchillo eléctrico en la mano, a un tris de comenzar a picar el pernil. La luz se fue en ese preciso momento, por casi una hora. Parecía un chiste. Una forma de burlarse de la gente que estaba celebrando en familia. Y eso que es en Barinas, me dicen mis amigos cuando cuento la historia.


Ir a la playa no fue nada diferente. Sitios que solían estar cuidados por brigadas de limpieza son ahora rincones de acumulación de basura. En la carretera del Henry Pittier, antes tan bien mantenida y pintada, proliferan los huecos y la falta de señalización. Y la cantidad de personas en la calle cuidando puestos de lotería, o sencillamente de vagos, sin hacer nada. Porque ya nadie quiere trabajar, me dice el vigilante de la urbanización, quien está buscando un reemplazo del turno hace dos meses y no consigue a nadie. Todos están mantenidos por el gobierno a través de las famosas misiones, pero nadie hace nada, doña. A este pueblo se lo llevó el diablo. Aquí están robando en todas partes, nadie respeta nada, las drogas corren y no hay quien pare a los malandros, se queja.


En Cantaura se murió el hijo de un amigo nuestro, no tanto por el accidente de tránsito, causado esquivando los huecos de la carretera, sino porque cuando lo llevaron al hospital no había luz, ni agua, ni médicos cerca, y nadie lo pudo socorrer para trasladarlo a otro sitio y evitar así que muriera desangrado.


Donde quiera que vayamos en esta geografía nuestra, se ven las huellas de la desidia, de la descomposición social. No hay paisaje bonito que no tenga cicatrices de indolencia, de abandono. Me pregunto qué tipo de acciones podemos emprender para poder cambiar este proceso. Cómo podemos organizarnos para verdaderamente lograr detener este deterioro.
Por supuesto, tenemos unas elecciones que están a la vuelta de la esquina, que son importantísimas. Pero esto va mas allá de las elecciones, es un problema de actitud de todos. Y mientras no cambiemos nuestra actitud, y exijamos nuestros derechos, no solo individualmente, como dignamente lo está haciendo la familia Brito, por ejemplo, sino en colectivo, usando como voceros a las organizaciones de las comunidades, a los gremios, a los colegios profesionales, aquí no va a haber cambio posible.


Caracas, 7 de enero de 2010.